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   <title>Global Labour Institute - Spanish</title>
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   <title>Nueva Sociedad (Buenos Aires)</title>
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      <![CDATA[Publicada por la Fundación Friedrich Ebert desde 1972 "con el objetivo  estimular el debate político y democrático en América Latina."
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   <title>La Insignia</title>
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      <![CDATA[La Insignia es un diario digital independiente, laico y sin ánimo de lucro, que se publica en español y portugués. Fundado en 2000 por un pequeño grupo de traductores, periodistas y escritores, que decidieron crear un periódico "sin esclavitudes externas y sin más compromiso que la información, la palabra y la defensa de los derechos humanos."
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   <title>SIREL (Montevideo)</title>
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   <published>2008-09-24T17:32:15Z</published>
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      <![CDATA[Servicio de información de la Organización Regional Latinoamericana de la UITA (federación sindical internacional de los trabajadores de la alimentación, agricultura, hoteles, restaurantes, tabaco y afines): <a href="http://www.rel-uita.org">http://www.rel-uita.org</a>.]]>
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   <title>Marxismo Libertario</title>
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      <![CDATA[Lecturas para la formación del proletariado. Este blog “teórico” en castellano, que publica pequeños textos o fragmentos, trata de dar a conocer a autores y textos que consideramos muy interesantes para los proletarios. Aunque muchos puedan ser adscritos a la corriente que continúa los postulados de Rosa Luxemburgo (luxemburguismo), otros muchos pertenecerán a otras corrientes cuyos aportes a la teoría y la práctica revolucionarias consideramos fundamentales. <a href="http://marxismolibertario.blogspot.com">http://marxismolibertario.blogspot.com</a>

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   <title>Bolívar y Ponte - Karl Marx (1858)</title>
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   <published>2008-09-16T18:10:11Z</published>
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      <![CDATA[<em>Artículo escrito en enero de 1858 y publicado en el tomo III de The New American Cyclopaedia.
Editado electrónicamente por C.D. Blest el 20 de octubre de 20</em>04


BOLÍVAR Y PONTE, Simón, el "Libertador" de Colombia, nació el 24 de julio de 1783 en Caracas y murió en San Pedro, cerca de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830. Descendía de una de las familias mantuanas, que en la época de la dominación española constituían la nobleza criolla en Venezuela.

Con arreglo a la costumbre de los americanos acaudalados de la época, se le envió Europa a la temprana edad de 14 años. De España pasó Francia y residió por espacio de algunos años en París. En 1802 se casó en Madrid y regresó a Venezuela, donde su esposa falleció repentinamente de fiebre amarilla. Tras este suceso se trasladó por segunda vez a Europa y asistió en 1804 a la coronación de Napoleón como emperador, hallándose presente, asimismo, cuando Bonaparte se ciñó la corona de hierro de Lombardía. En 1809 volvió a su patria y, pese a las instancias de su primo José Félix Ribas, rehusó adherirse a la revolución que estalló en Caracas el 19 de abril de 1810. Pero, con posterioridad a ese acontecimiento, aceptó la misión de ir a Londres para comprar armas y gestionar la protección del gobierno británico. El marqués de Wellesley, a la sazón ministro de relaciones exteriores, en apariencia le dio buena acogida, pero Bolívar no obtuvo más que la autorización de exportar armas abonándolas al contado y pagando fuertes derechos.

 A su regreso de Londres se retiró a la vida privada, nuevamente, hasta que en septiembre de 1811 el general Miranda, por entonces comandante en jefe de las fuerzas insurrectas de mar y tierra, lo persuadió de que aceptara el rango de teniente coronel en el estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela. Cuando los prisioneros de guerra españoles, que Miranda enviaba regularmente a Puerto Cabello para tenerlos encerrados en la ciudadela, lograron atacar por sorpresa la guardia y la dominaron, apoderándose de la ciudadela, Bolívar, aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la noche con ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo que ocurría ni a sus propias tropas; arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo. Cuando la guarnición se enteró de la huida de su comandante, abandonó en buen orden la plaza, que de inmediato ocuparon los españoles al mando de Monteverde. 

Este acontecimiento inclinó la balanza a favor de España y forzó a Miranda a suscribir, el 26 de julio de 1812, por encargo del congreso, el tratado de La Victoria, que sometió nuevamente a Venezuela al dominio español. El 30 de julio llegó Miranda a La Guaira, con la intención embarcarse en una nave inglesa. Mientras visitaba al coronel Manuel María Casas, comandante de la plaza, se encontró con un grupo numeroso, en el que se contaban don Miguel Peña y Simón Bolívar, que lo convencieron de que se quedara, por lo menos una noche, en la residencia de Casas. A las dos de la madrugada, encontrándose Miranda profundamente dormido. Casas, Peña y Bolívar se introdujeron en su habitación con cuatro soldados armados, se apoderaron precavidamente de su espada y su pistola, lo despertaron y con rudeza le ordenaron que se levantara y vistiera, tras lo cual lo engrillaron y entregaron a Monteverde. El jefe español lo remitió a Cádiz, donde Miranda, encadenado, murió después de vanos años de cautiverio. Ese acto, para cuya justificación se recurrió al pretexto de que Miranda había traicionado a su país con la capitulación de La Victoria, valió a Bolívar el especial favor de Monteverde, a tal punto que cuando el primero le solicitó su pasaporte, el jefe español declaró: "Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al rey de España con la entrega de Miranda".

Se autorizó así a Bolívar a que se embarcara con destino a Curazao, donde permaneció seis semanas. Después, en compañía de su primo Ribas, se trasladó a la pequeña república de Cartagena. Ya antes de su arribo habían huido a Cartagena gran cantidad de soldados, excombatientes a las órdenes del general Miranda. Ribas les propuso emprender una expedición contra los españoles en Venezuela y reconocer a Bolívar como comandante en jefe. La primera propuesta recibió una acogida entusiasta; la segunda fue resistida, aunque finalmente accedieron, a condición de que Ribas fuera el lugarteniente de Bolívar. Manuel Rodríguez Torices, el presidente de la república de Cartagena, agregó a los 300 soldados así reclutados para Bolívar otros 500 hombres al mando de su primo Manuel Castillo. La expedición partió a comienzos de enero de 1813. Habiéndose producido rozamientos entre Bolívar y Castillo respecto a quién tenía el mando supremo, el segundo se retiró súbitamente con sus granaderos. Bolívar, por su parte, propuso seguir el ejemplo de Castillo y regresar a Cartagena, pero al final Ribas pudo persuadirlo de que al menos prosiguiera en su ruta hasta Bogotá, en donde a la sazón tenía su sede el Congreso de Nueva Granada. Fueron allí muy bien acogidos, se les apoyó de mil maneras y el congreso los ascendió al rango de generales.

Tras dividir su pequeño ejército en dos columnas, marcharon por distintos caminos hacia Caracas. Cuanto más avanzaban, tanto más refuerzos recibían; los crueles excesos de los españoles hacían las veces, en todas partes, de reclutadores para el ejército independentista. La capacidad de resistencia de los españoles estaba quebrantada, de un lado porque las tres cuartas partes de su ejército se componían de nativos, que en cada encuentro se pasaban al enemigo; del otro debido a la cobardía de generales tales como Tízcar, Cajigal y Fierro, que a la menor oportunidad abandonaban a sus propias tropas. De tal suerte ocurrió que Santiago Marino, un joven sin formación, logró expulsar de las provincias de Cumaná y Barcelona a los españoles, al mismo tiempo que Bolívar ganaba terreno en las provincias occidentales. La única resistencia seria la opusieron los españoles a la columna de Ribas, quien no obstante derrotó al general Monteverde en Los Taguanes y lo obligó a encerrarse en Puerto Cabello con el resto de sus tropas.

Cuando el gobernador de Caracas, general Fierro, tuvo noticias de que se acercaba Bolívar, le envió parlamentarios para ofrecerle una capitulación, la cual se firmó en La Victoria. Pero Fierro, invadido por un pánico repentino y sin aguardar el regreso de sus propios emisarios, huyó secretamente por la noche y dejó a más de 1.500 españoles librados a la merced del enemigo. A Bolívar se le tributó entonces una entrada apoteósica. De pie, en un carro de triunfo, que arrastraban doce damiselas vestidas de blanco y ataviadas con los colores nacionales, elegidas todas ellas entre las mejores familias caraqueñas, Bolívar, la cabeza descubierta y agitando un bastoncillo en la mano, fue llevado en una media hora desde la entrada la ciudad hasta su residencia. Se proclamó "Dictador y Libertador de las Provincias Occidentales de Venezuela" (Marino había adoptado el título de "Dictador de las Provincias Orientales"), creó la "Orden del Libertador", formó un cuerpo de tropas escogidas a las que denominó guardia de corps y se rodeó de la pompa propia de una corte. Pero, como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento y su dictadura degeneró pronto en una anarquía militar, en la cual los asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que arruinaban las finanzas públicas y recurrían luego a medios odiosos para reorganizarlas. De este modo el novel entusiasmo popular se transformó en descontento, y las dispersas fuerzas del enemigo dispusieron de tiempo para rehacerse. 

Mientras que a comienzos de agosto de 1813 Monteverde estaba encerrado en la fortaleza de Puerto Cabello y al ejército español sólo le quedaba una angosta faja de tierra en el noroeste de Venezuela, apenas tres meses después el Libertador había perdido su prestigio y Caracas se hallaba amenazada por la súbita aparición en sus cercanías de los españoles victoriosos, al mando de Boves. Para fortalecer su poder tambaleante Bolívar reunió, el I de enero de 1814, una junta constituida por los vecinos caraqueños más influyentes y les manifestó que no deseaba soportar más tiempo el fardo de la dictadura. Hurtado de Mendoza, por su parte, fundamentó en un prolongado discurso "la necesidad de que el poder supremo se mantuviese en las manos del general Bolívar hasta que el Congreso de Nueva Granada pudiera reunirse y Venezuela unificarse bajo un solo gobierno". Se aprobó esta propuesta y, de tal modo, la dictadura recibió una sanción legal.

Durante algún tiempo se prosiguió la guerra contra los españoles, bajo la forma de escaramuzas, sin que ninguno de los contrincantes obtuviera ventajas decisivas. En junio de 1814 Boves, tras concentrar sus tropas, marchó de Calabozo hasta La Puerta, donde los dos dictadores, Bolívar y Marino, habían combinado sus fuerzas. Boves las encontró allí y ordenó a sus unidades que las atacaran sin dilación. Tras una breve resistencia. Bolívar huyó a Caracas, mientras que Marino se escabullía hacia Cumaná. Puerto Cabello y Valencia cayeron en las manos de Boves, que destacó dos columnas (una de ellas al mando del coronel González) rumbo a Caracas, por distintas rutas. Ribas intentó en vano contener el avance de González. 

Tras la rendición de Caracas a este jefe. Bolívar evacuó a La Guaira, ordenó a los barcos surtos en el puerto que zarparan para Cumaná y se retiró con el resto de sus tropas hacia Barcelona. Tras la derrota que Boves infligió a los insurrectos en Arguita, el 8 de agosto de 1814, Bolívar abandonó furtivamente a sus tropas, esa misma noche, para dirigirse apresuradamente y por atajos hacia Cumaná, donde pese a las airadas protestas de Ribas se embarcó de inmediato en el Bianchi, junto con Marino y otros oficiales. Si Ribas, Páez y los demás generales hubieran seguido a los dictadores en su fuga, todo se habría perdido.

Tratados como desertores a su arribo a Juan Griego, isla Margarita, por el general Arismendi, quien les exigió que partieran, levaron anclas nuevamente hacia Carúpano, donde, habiéndolos recibido de manera análoga el coronel Bermúdez, se hicieron a la mar rumbo a Cartagena. Allí a fin de cohonestar su huida, publicaron una memoria de justificación, henchida de frases altisonantes.

Habiéndose sumado Bolívar a una conspiración para derrocar al gobierno de Cartagena, tuvo que abandonar esa pequeña república y seguir viaje hacia Tunja, donde estaba reunido el Congreso de la República Federal de Nueva Granada. La provincia de Cundinamarca, en ese entonces, estaba a la cabeza de las provincias independientes que se negaban a suscribir el acuerdo federal neogranadino, mientras que Quito, Pasto, Santa Marta y otras provincias todavía se hallaban en manos de los españoles. Bolívar, que llegó el 22 de noviembre de 1814 a Tunja, fue designado por el congreso comandante en jefe de las fuerzas armadas federales y recibió la doble misión de obligar al presidente de la provincia de Cundinamarca a que reconociera la autoridad del congreso y de marchar luego sobre Santa Marta, el único puerto de mar fortificado granadino aún en manos de los españoles. No presentó dificultades el cumplimiento del primer cometido, puesto que Bogotá, la capital de la provincia desafecta, carecía de fortificaciones. Aunque la ciudad había capitulado. Bolívar permitió a sus soldados que durante 48 horas la saquearan. En Santa Marta el general español Montalvo, disponía tan sólo de una débil guarnición de 200 hombres y de una plaza fuerte en pésimas condiciones defensivas, tenía apalabrado ya un barco francés para asegurar su propia huida; los vecinos, por su parte, enviaron un mensaje a Bolívar participándole que, no bien apareciera, abrirían las puertas de la ciudad y expulsarían a la guarnición. Pero en vez de marchar contra los españoles de Santa Marta, tal como se lo había ordenado el congreso. Bolívar se dejó arrastrar por su encono contra Castillo, el comandante de Cartagena, y actuando por su propia cuenta condujo sus tropas contra esta última ciudad, parte integral de la República Federal. 

Rechazado, acampó en La Popa, un cerro situado aproximadamente a tiro de cañón de Cartagena. Por toda batería emplazó un pequeño cañón, contra una fortaleza artillada con unas 80 piezas. Pasó luego del asedio al bloqueo, que duró hasta comienzos de mayo, sin más resultado que la disminución de sus efectivos, por deserción o enfermedad, de 2.400 a 700 hombres. En el ínterin una gran expedición española comandada por el general Morillo y procedente de Cádiz había arribado a la isla Margarita, el 25 de marzo de 1815. Morillo destacó de inmediato poderosos refuerzos a Santa Marta y poco después sus fuerzas se adueñaron de Cartagena. 

Previamente, empero, el 10 de mayo 1815, Bolívar se había embarcado con una docena de oficiales en un bergantín artillado, de bandera británica, rumbo a Jamaica. Una vez llegado a este punto de refugio publicó una nueva proclama, en la que se presentaba como la víctima de alguna facción o enemigo secreto y defendía su fuga ante los españoles como si se tratara de una renuncia al mando, efectuada en aras de la paz pública.

Durante su estancia de ocho meses en Kingston, los generales que había dejado en Venezuela y el general Arismendi en la isla Margarita presentaron una tenaz resistencia a las armas españolas. Pero después que Ribas, a quién Bolívar debía su renombre, cayera fusilado por los españoles tras la toma de Maturín, ocupó su lugar un hombre de condiciones militares aun más relevantes. No pudiendo desempeñar, por su calidad de extranjero, un papel autónomo en la revolución sudamericana, este hombre decidió entrar al servicio de Bolívar. Se trataba de Luis Brion. Para prestar auxilios a los revolucionarios se había hecho a la mar en Londres, rumbo a Cartagena, con una corbeta de 24 cañones, equipada en gran parte a sus propias expensas y cargada con 14.000 fusiles y una gran cantidad de otros pertrechos. Habiendo llegado demasiado tarde y no pudiendo ser útil a los rebeldes, puso proa hacia Los Cayos, en Haití, adonde muchos emigrados patriotas habían huido tras la capitulación de Cartagena. Entretanto Bolívar se había trasladado también a Puerto Príncipe donde, a cambio de su promesa de liberar a los esclavos, el presidente haitiano Pétion le ofreció un cuantioso apoyo material para una nueva expedición contra los españoles de Venezuela. En Los Cayos se encontró con Brion y los otros emigrados y en una junta general se propuso a sí mismo como jefe de la nueva expedición, bajo la condición de que, hasta la convocatoria de un congreso general, él reuniría en sus manos los poderes civil y militar. Habiendo aceptado la mayoría esa condición, los expedicionarios se hicieron a la mar el 16 de abril de 1816 con Bolívar como comandante y Brion en calidad de almirante. En Margarita, Bolívar logró ganar para su causa a Arismendi, el comandante de la isla, que había rechazado a los españoles a tal punto que a éstos sólo les restaba un único punto de apoyo, Pampatar. Con la formal promesa de Bolívar de convocar un congreso nacional en Venezuela tan pronto como se hubiera hecho dueño del país, Arismendi hizo reunir una junta en la catedral de Villa del Norte y proclamó públicamente a Bolívar jefe supremo de las repúblicas de Venezuela y Nueva Granada. 

El 31 de mayo de 1816 desembarcó Bolívar en Carúpano, pero no se atrevió a impedir que Marino y Piar se apartaran de él y efectuaran, por su propia cuenta, una campaña contra Cumaná. Debilitado por esta separación y siguiendo los consejos de Brion se hizo a la vela rumbo a Ocumare [de la Costa], adonde arribó el 3 de julio de 1816 con 13 barcos, de los cuales sólo 7 estaban artillados. Su ejército se componía tan sólo de 650 hombres, que aumentaron a 800 por el reclutamiento de negros, cuya liberación había proclamado. En Ocumare difundió un nuevo manifiesto, en el que prometía "exterminar a los tiranos" y "convocar al pueblo para que designe sus diputados al congreso". Al avanzar en dirección a Valencia, se topó, no lejos de Ocumare, con el general español Morales, a la cabeza de unos 200 soldados y 100 milicianos. Cuando los cazadores de Morales dispersaron la vanguardia de Bolívar, éste, según un testigo ocular, perdió "toda presencia de ánimo y sin pronunciar palabra, en un santiamén volvió grupas y huyó a rienda suelta hacia Ocumare, atravesó el pueblo a toda carrera, llegó a la bahía cercana, saltó del caballo, se introdujo en un bote y subió a bordo del Diana, dando orden a toda la escuadra de que lo siguiera a la pequeña isla de Bonaire y dejando a todos sus compañeros privados del menor auxilio". Los reproches y exhortaciones de Brion lo indujeron a reunirse con los demás jefes en la costa de Cumaná; no obstante, como lo recibieron inamistosamente y Piar lo amenazó con someterlo a un consejo de guerra por deserción y cobardía, sin tardanza volvió a partir rumbo a Los Cayos. 

Tras meses y meses de esfuerzos, Brion logró finalmente persuadir a la mayoría de los jefes militares venezolanos (que sentían la necesidad de que hubiera un centro, aunque simplemente fuese nominal) de que llamaran una vez más a Bolívar como comandante en jefe, bajo la condición expresa de que convocaría al congreso y no se inmiscuiría en la administración civil. El 31 de diciembre de 1816 Bolívar arribó a Barcelona con las armas, municiones y pertrechos proporcionados por Pétion. El 2 de enero de 1817 se le sumó Arismendi, y el día 4 Bolívar proclamó la ley marcial y,anunció que todos los poderes estaban en sus manos. Pero 5 días después Arismendi sufrió un descalabro en una emboscada que le tendieran los españoles, y el dictador huyó a Barcelona. Las tropas se concentraron nuevamente en esa localidad, adonde Brion le envió tanto armas como nuevos refuerzos, de tal suerte que pronto Bolívar dispuso de una nueva fuerza de 1.100 hombres. El 5 de abril los españoles tomaron la ciudad de Barcelona, y las tropas de los patriotas se replegaron hacia la Casa de la Misericordia, un edificio sito en las afueras. Por orden de Bolívar se cavaron algunas trincheras, pero de manera inapropiada para defender contra un ataque serio una guarnición de 1.000 hombres. Bolívar abandonó la posición en la noche del 5 de abril, tras comunicar al coronel Freites, en quien delegó el mando, que buscaría tropas de refresco y volvería a la brevedad. Freites rechazó un ofrecimiento de capitulación, confiado en la promesa, y después del asalto fue degollado por los españoles, al igual que toda la guarnición.

Piar, un hombre de color, originario de Curazao, concibió y puso en práctica la conquista de la Guayana, a cuyo efecto el almirante Brion lo apoyó con sus cañoneras. El 20 de julio, ya liberado de los españoles todo el territorio, Piar, Brion, Zea, Marino, Arismendi y otros convocaron en Angostura un congreso de las provincias y pusieron al frente del Ejecutivo un triunvirato; Brion, que detestaba a Piar y se interesaba profundamente por Bolívar, ya que en el éxito del mismo había puesto en juego su gran fortuna personal, logró que se designase al último como miembro del triunvirato, pese a que no se hallaba presente. Al enterarse de ello Bolívar, abandonó su refugio y se presentó en Angostura, donde, alentado por Brion, disolvió el congreso y el triunvirato y los remplazó por un "Consejo Supremo de la Nación", del que se nombró jefe, mientras que Brion y Francisco Antonio Zea quedaron al frente, el primero de la sección militar y el segundo de la sección política. Sin embargo Piar, el conquistador de Guayana, que otrora había amenazado con someter a Bolívar ante un consejo de guerra por deserción, no escatimaba sarcasmos contra el "Napoleón de las retiradas", y Bolívar aprobó por ello un plan para eliminarlo.

Bajo las falsas imputaciones de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo. Piar fue llevado ante un consejo de guerra presidido por Brion y, condenado a muerte, se le fusiló el 16 de octubre de 1817. Su muerte llenó a Marino de pavor. Plenamente consciente de su propia insignificancia al hallarse privado del concurso de Piar, Marino, en una carta abyectísima, calumnió públicamente a su amigo victimado, se dolió de su propia rivalidad con el Libertador y apeló a la inagotable magnanimidad de Bolívar.

La conquista de la Guayana por Piar había dado un vuelco total a la situación, en favor de los patriotas, pues esta provincia sola les proporcionaba más recursos que las otras siete provincias venezolanas juntas. De ahí que todo el mundo confiara en que la nueva campaña anunciada por Bolívar en una flamante proclama conduciría a la expulsión definitiva de los españoles. Ese primer boletín, según el cual unas pequeñas partidas españolas que forrajeaban al retirarse de Calabozo eran "ejércitos que huían ante nuestras tropas victoriosas", no tenía por objetivo disipar tales esperanzas. Para hacer frente a 4.000 españoles, que Morillo aún no había podido concentrar, disponía Bolívar de más de 9.000 hombres, bien armados y equipados, abundantemente provistos con todo lo necesario para la guerra. No obstante, a fines de mayo de 1818 Bolívar había perdido unas doce batallas y todas las provincias situadas al norte del Orinoco. Como dispersaba sus fuerzas, numéricamente superiores, éstas siempre eran batidas por separado. Bolívar dejó la dirección de la guerra en manos de Páez y sus demás subordinados y se retiró a Angostura. A una defección seguía la otra, y todo parecía encaminarse a un descalabro total.

En ese momento extremadamente crítico, una conjunción de sucesos afortunados modificó nuevamente el curso de las cosas. En Angostura Bolívar encontró a Santander, natural de Nueva Granada, quien le solicitó elementos para una invasión a ese territorio, ya que la población local estaba pronta para alzarse en masa contra los españoles. Bolívar satisfizo hasta cierto punto esa petición. En el ínterin, llegó de Inglaterra una fuerte ayuda bajo la forma de hombres, buques y municiones, y oficiales ingleses, franceses, alemanes y polacos afluyeron de todas partes a Angostura. Finalmente, el doctor [Juan] Germán Roscio, consternado por la estrella declinante de la revolución sudamericana, hizo su entrada en escena, logró el valimiento de Bolívar y lo indujo a convocar, para el 15 de febrero de 1819, un congreso nacional, cuya sola mención demostró ser suficientemente poderosa para poner en pie un nuevo ejército de aproximadamente 14.000 hombres, con lo cual Bolívar pudo pasar nuevamente a la ofensiva.

Los oficiales extranjeros le aconsejaron diera a entender que proyectaba un ataque contra Caracas para liberar a Venezuela del yugo español, induciendo así a Morillo a retirar sus fuerzas de Nueva Granada y concentrarlas para la defensa de aquel país, tras lo cual Bolívar debía volverse súbitamente hacia el oeste, unirse a las guerrillas de Santander y marchar sobre Bogotá. Para ejecutar ese plan. Bolívar salió el 24 de febrero de 1819 de Angostura, después de designar a Zea presidente del congreso y vicepresidente de la república durante su ausencia. Gracias a las maniobras de Páez, los revolucionarios batieron a Morillo y La Torre en Achaguas, y los habrían aniquilado completamente si Bolívar hubiese sumado sus tropas a las de Páez y Marino. De todos modos, las victorias de Páez dieron por resultado la ocupación de la provincia de Barinas, quedando expedita así la ruta hacia Nueva Granada. Como aquí todo estaba preparado por Santander, las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron el destino de Nueva Granada merced a las victorias sucesivas alcanzadas el 1 y 23 de julio y el 7 de agosto en la provincia de Tunja. El 12 de agosto Bolívar entró triunfalmente a Bogotá, mientras que los españoles, contra los cuales se habían sublevado todas las provincias de Nueva Granada, se atrincheraban en la ciudad fortificada de Mompós.

Tras dejar en funciones al congreso granadino y al general Santander como comandante en jefe Bolívar marchó hacia Pamplona, donde pasó más de dos meses en festejos y saraos. El 3 de noviembre llego a Mantecal, Venezuela, punto que había fijado a los jefes patriotas para que se le reunieran con sus tropas Con un tesoro de unos 2.000.000 de dólares, obtenidos de los habitantes de Nueva Granada mediante contribuciones forzosas, y disponiendo de una fuerza de aproximadamente 9.000 hombres, un tercio de los cuales eran ingleses, irlandeses, hanoverianos y otros extranjeros bien disciplinados, Bolívar debía hacer frente a un enemigo privado de toda clase de recursos, cuyos efectivos se reducían a 4.500 hombres, las dos terceras partes de los cuales, además, eran nativos y mal podían, por ende, inspirar confianza a los españoles. Habiéndose retirado Morillo de San Femando de Apure en dirección a San Carlos, Bolívar lo persiguió hasta Calabozo, de modo que ambos estados mayores enemigos se encontraban apenas a dos días de marcha el uno del otro. Si Bolívar hubiese avanzado con resolución, sus solas tropas europeas habrían bastado para aniquilar a los españoles. Pero prefirió prolongar la guerra cinco años más.

En octubre de 1819 el congreso de Angostura había forzado a renunciar a Zea, designado por Bolívar, y elegido en su lugar a Arismendi. No bien recibió esta noticia. Bolívar marchó con su  legión extranjera sobre Angostura, tomó desprevenido a Arismendi, cuya fuerza se reducía a 600 nativos, lo deportó  la isla Margarita e invistió nuevamente a Zea en su cargo y dignidades. El doctor Roscio, que había fascinado a Bolívar con las perspectivas de un poder central, lo persuadió de que proclamara a Nueva Granada y Venezuela como "República de Colombia", promulgase una constitución para el nuevo estado - redactada por Roscio- y permitiera la instalación de un congreso común para ambos países. El 20 de enero de 1820 Bolívar se encontraba de regreso en San Fernando de Apure. El súbito retiro de su legión extranjera, más temida por los españoles que un número diez veces mayor de colombianos, brindó a Morillo una nueva oportunidad de concentrar refuerzos. Por otra parte, la noticia de que una poderosa expedición a las órdenes de 0'Donnell estaba a punto de partir de la Península, levantó los decaídos ánimos del partido español. A pesar de que disponía de fuerzas holgadamente superiores, Bolívar se las arregló para no conseguir nada durante la campaña de 1820. Entretanto llegó de Europa la noticia de que la revolución en la isla de León había puesto violento fin a la programada expedición de 0'Donnell. En Nueva Granada, 15 de las 22 provincias se habían adherido al gobierno de Colombia, y a los españoles sólo les restaban la fortaleza de Cartagena y el istmo de Panamá.

En Venezuela, 6 de las 8 provincias se sometieron a las leyes colombianas. Tal era el estado de cosas cuando Bolívar se dejó seducir por Morillo y entró con él en tratativas que tuvieron por resultado, el 25 de noviembre de 1820, la concertación del convenio de Trujillo, por el que se establecía una tregua de seis meses. En el acuerdo de armisticio no figuraba una sola mención siquiera a la República de Colombia, pese a que el congreso había prohibido, a texto expreso, la conclusión de ningún acuerdo con el jefe español si éste no reconocía previamente la independencia de la república.

El 17 de diciembre. Morillo, ansioso de desempeñar un papel en España, se embarcó en Puerto Cabello y delegó el mando supremo en Miguel de Latorre; el 10 de marzo de 1821 Bolívar escribió a Latorre participándole que las hostilidades se reiniciarían al término de un plazo de 30 días. Los españoles ocupaban una sólida posición en Carabobo, una aldea situada
aproximadamente a mitad de camino entre San Carlos y Valencia; pero en vez de reunir allí todas sus fuerzas, Latorre sólo había concentrado su primera división, 2.500 infantes y unos 1.500 jinetes, mientras que Bolívar disponía aproximadamente de 6.000 infantes, entre ellos la legión británica, integrada por 1.100 hombres, y 3.000 llaneros a caballo bajo el mando de Páez. La posición del enemigo le pareció tan imponente a Bolívar, que propuso a su consejo de guerra la concertación de una nueva tregua, idea que, sin embargo, rechazaron sus subalternos. A la cabeza de una columna constituida fundamentalmente por la legión británica, Páez, siguiendo un atajo, envolvió el ala derecha del enemigo; ante la airosa ejecución de esa maniobra, Latorre fue el primero de los españoles en huir a rienda suelta, no deteniéndose hasta llegar a Puerto Cabello, donde se encerró con el resto de sus tropas. Un rápido avance del ejército victorioso hubiera producido, inevitablemente, la rendición de Puerto Cabello, pero Bolívar perdió su tiempo haciéndose homenajear en Valencia y Caracas. El 21 de septiembre de 1821 la gran fortaleza de Cartagena capituló ante Santander. Los últimos hechos de armas en Venezuela -el combate naval de Maracaibo en agosto de 1823 y la forzada rendición de Puerto Cabello en julio de 1824- fueron ambos la obra de Padilla.

La revolución en la isla de León, que hizo imposible la partida de la expedición de 0'Donnell, y el concurso de la legión británica, habían volcado evidentemente la situación a favor de los colombianos. El Congreso de Colombia inauguró sus sesiones en enero de 1821 en Cúcuta; el 30 de agosto promulgó la nueva constitución y, habiendo amenazado Bolívar una vez más con renunciar, prorrogó los plenos poderes del Libertador. Una vez que éste hubo firmado la nueva carta constitucional, el congreso lo autorizó a emprender la campaña de Quito (1822), adonde se habían retirado los españoles tras ser desalojados del istmo de Panamá por un levantamiento general de la población. Esta campaña, que finalizó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a Colombia, se efectuó bajo la dirección nominal de Bolívar y el general Sucre, pero los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se debieron íntegramente a los oficiales británicos, y en particular al coronel Sands. Durante las campañas contra los españoles en el Bajo y el Alto Perú (1823-1824) Bolívar ya no consideró necesario representar el papel de comandante en jefe, sino que delegó en el general Sucre la conducción de la cosa militar y restringió sus actividades a las entradas triunfales, los manifiestos y la proclamación de constituciones. Mediante su guardia de corps colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10 de febrero de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo simulacro de renuncia. Bolívar se aseguró la reelección como presidente de Colombia.

Mientras tanto su posición se había fortalecido, en parte con el reconocimiento oficial del nuevo estado por Inglaterra, en parte por la conquista de las provincias altoperuanas por Sucre, quién unificó a las últimas en una república independiente, la de Bolivia. En este país, sometido a las bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y proclamó el Código Boliviano, remedo del Code Napoleón. Proyectaba trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y de éste a Colombia, y mantener a raya a los dos primeros estados por medio de tropas colombianas, y al último mediante la legión extranjera y soldados peruanos. Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de hecho logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su código al Perú. Como presidente y libertador de Colombia, protector y dictador del Perú y padrino de Bolivia, había alcanzado la cúspide de su gloria. Pero en Colombia había surgido un serio antagonismo entre los centralistas, o bolivistas, y los federalistas, denominación esta última bajo la cual los enemigos de la anarquía militar se habían asociado a los rivales militares de Bolívar. Cuando el Congreso de Colombia, a instancias de Bolívar, formuló una acusación contra Páez, vicepresidente de Venezuela, el último respondió con una revuelta abierta, que contaba secretamente con el apoyo y aliento del propio Bolívar; éste, en efecto, necesitaba sublevaciones como pretexto para abolir la constitución y reimplantar la dictadura. 

A su regreso del Perú, Bolívar trajo, además de su guardia de corps, 1.800 soldados peruanos, presuntamente para combatir a los federalistas alzados. Pero al encontrarse con Páez en Puerto Cabello no sólo lo confirmó como máxima autoridad en Venezuela, no sólo proclamó la amnistía para los rebeldes, sino que tomópartido abiertamente por ellos y vituperó a los defensores de la constitución; el decreto del 23 de noviembre de 1826, promulgado en Bogotá, le concedió poderes dictatoriales.

En el año 1826, cuando su poder comenzaba a declinar, logró reunir un congreso en Panamá, con el objeto aparente de aprobar un nuevo código democrático internacional. Llegaron plenipotenciarios de Colombia, Brasil, La Plata, Bolivia, México, Guatemala, etc. La intención real de Bolívar era unificar a toda América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él mismo. Mientras daba así amplio vuelo a sus sueños de ligar medio mundo a su nombre, el poder efectivo se le escurría rápidamente de las manos. Las tropas colombianas destacadas en el Perú, al tener noticia de los preparativos que efectuaba Bolívar para introducir el Código Boliviano, desencadenaron una violenta insurrección. Los peruanos eligieron al general La Mar presidente de su república, ayudaron a los bolivianos a expulsar del país las tropas colombianas y emprendieron incluso una victoriosa guerra contra Colombia, finalizada por un tratado que redujo a este país a sus límites primitivos, estableció la igualdad de ambos países y separó las deudas públicas de uno y otro. La Convención de Ocaña, convocada por Bolívar para reformar la constitución de modo que su poder no encontrara trabas, se inauguró el 2 de marzo de 1828 con la lectura de un mensaje cuidadosamente redactado, en el que se realzaba la necesidad de otorgar nuevos poderes al ejecutivo.

Habiéndose evidenciado, sin embargo, que el proyecto de reforma constitucional diferiría esencialmente del previsto en un principio, los amigos de Bolívar abandonaron la convención dejándola sin quórum, con lo cual las actividades de la asamblea tocaron a su fin. Bolívar, desde una casa de campo situada a algunas millas de Ocaña, publicó un nuevo manifiesto en el que pretendía estar irritado con los pasos dados por sus partidarios, pero al mismo tiempo atacaba al congreso, exhortaba a las provincias a que adoptaran medidas extraordinarias y se declaraba dispuesto a tomar sobre sí la carga del poder si ésta recaía en sus hombros. Bajo la presión de sus bayonetas, cabildos abiertos reunidos en Caracas, Cartagena y Bogotá, adonde se había trasladado Bolívar, lo invisteron nuevamente con los poderes dictatoriales. Una intentona de asesinarlo en su propio dormitorio en Bogotá, de la cual se salvó sólo porque saltó de un balcón en plena noche y permaneció agazapado bajo un puente, le permitió ejercer durante algún tiempo una especie de terror militar. Bolívar, sin embargo, se guardó de poner la mano sobre Santander, pese a que éste había participado en la conjura, mientras que hizo matar al general Padilla, cuya culpabilidad no había sido demostrada en absoluto, pero que por ser hombre de color no podía ofrecer resistencia alguna. En 1829, la encarnizada lucha de las facciones desgarraba a la república y Bolívar, en un nuevo llamado a la ciudadanía, la exhortó a expresar sin cortapisas sus deseos en lo tocante a posibles modificaciones de la constitución. Como respuesta a ese manifiesto, una asamblea de notables reunida en Caracas le reprochó públicamente su ambiciones, puso al descubierto las deficiencias de gobierno, proclamó la separación de Venezuela con respecto a Colombia y colocó al frente de la primera al general Páez. El Senado de Colombia respaldó a Bolívar, pero nuevas insurrecciones estallaron en diversos lugares. 

Tras haber dimitido por quinta vez, en enero de 1830 Bolívar aceptó de nuevo la presidencia y abandonó Bogotá para guerrear contra Páez en nombre del congreso colombiano. A fines de marzo de 1830 avanzó a la cabeza de 8.000 hombres, tomó Caracuta, que se había sublevado, y se dirigió hacia la provincia de Maracaibo, donde Páez lo esperaba con 12.000 hombres en una fuerte posición. No bien Bolívar se enteró de que Páez proyectaba combatir seriamente, flaqueó su valor. Por un instante, incluso, pensó someterse a Páez y pronunciarse contra el congreso. Pero decreció el ascendiente de sus partidarios en ese cuerpo y Bolívar se vio obligado a presentar su dimisión ya que se le dio a entender que esta vez tendría que atenerse a su palabra y que, a condición de que se retirara al extranjero, se le concedería una pensión anual. El 27 de abril de 1830, por consiguiente, presentó su renuncia ante el congreso. Con la esperanza, sin embargo, de recuperar el poder gracias a la influencia de sus adeptos, y debido a que se había iniciado un movimiento de reacción contra Joaquín Mosquera, el nuevo presidente de Colombia, Bolívar fue postergando su partida de Bogotá y se las ingenió para prolongar su estancia en San Pedro hasta fines de 1830, momento en que falleció repentinamente.

Ducoudray-Holstein nos ha dejado de Bolívar el siguiente retrato: "Simón Bolívar mide cinco pies y cuatro pulgadas de estatura, su rostro es enjuto, de mejilla hundidas, y su tez pardusca y lívida; los ojos, ni grandes ni pequeños, se hunden profundamente en las órbitas; su cabello es ralo. El bigote le da un aspecto sombrío y feroz, particularmente cuando se irrita. Todo su cuerpo es flaco y descarnado. Su aspecto es el de un hombre de 65 años. Al caminar agita incesantemente los brazos. No puede andar mucho a pie y se fatiga pronto. Le agrada tenderse o sentarse en la hamaca. Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano, es un jinete consumado y baila valses con pasión. Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita. En la adversidad, y cuando está privado de ayuda exterior, resulta completamente exento de pasiones y arranques temperamentales. Entonces se vuelve apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente sus defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado beau monde, posee un talento casi asiático para el disimulo y conoce mucho mejor a los hombres que la mayor parte de sus compatriotas."

Por un decreto del Congreso de Nueva Granada, los restos mortales de Bolívar fueron trasladados en 1842 a Caracas, donde se erigió un monumento a su memoria

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   <title>“Socialismo y Libertad”  -  Claudio Albertani </title>
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   <published>2008-09-12T13:34:38Z</published>
   <updated>2008-09-23T17:52:12Z</updated>
   
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      <![CDATA[  
Edición digital de la <a href="http://www.fundanin.org/mol.htm">Fundación Andreu Nin</a>, marzo 2007
 
<em><strong>"Socialismo y Libertad" - El exilio antiautoritario de Europa en México y la lucha contra el estalinismo (1940-1950)</strong></em>

<em><strong>Claudio Albertani</strong></em>


 

<em>Para Vlady 
In memoriam</em>


Al concluir la guerra civil española, México fue uno de los pocos países que mantuvieron abiertas las puertas a los militantes antifascistas europeos, sin importar ideologías ni etiquetas. Mientras es bien conocida la presencia de comunistas, republicanos y socialistas, menos estudiadas son las otras tendencias. A principios de los años cuarenta, después de múltiples peripecias, un grupo de exiliados de orientación antitotalitaria se encontraron en la Ciudad de México. Entre ellos destacaban: Víctor Serge (Víctor Kibalchich), escritor, periodista, poeta, militante libertario y ex dirigente de la Oposición de Izquierda en la URSS; su hijo, el joven pintor Vlady (Vladimir Kibalchich); Marceau Pivert, socialista revolucionario, fundador en Francia del Partido Socialista Obrero y Campesino (PSOP); Julián Gorkin (Julián Gómez García), secretario internacional del Partido Obrero de Unidad Marxista, POUM, de España y director de su órgano oficial, La Batalla; Gustav Regler, ex miembro del Partido Comunista Alemán (KPD), ex comisario adjunto de la XII Brigada Internacional en España; y Paul Chevalier (Leo Valiani), italiano, ex comunista, militante antifascista y futuro dirigente de la formación guerrillera italiana Giustizia e Libertà.




<em><strong>El movimiento “Socialismo y libertad” y la revista “Mundo”</strong></em>

Juntos dieron vida a la sección mexicana de “Socialismo y Libertad”, movimiento que se adhería al Frente Obrero Internacional integrado por el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) de España, el Independent Labour Party (ILP, donde militaba George Orwell) de Inglaterra, el Partido Socialista Revolucionario de Holanda (RSAP), el Partido Comunista de Oposición de Alemania (KPO), el Partido Socialista Obrero y Campesino de Francia (PSOP) entre otras organizaciones (1).
 
Según se desprende de la lectura de la revista que publicaban, Mundo, el movimiento “Socialismo y Libertad” tenía proyección en por lo menos otros tres países latinoamericanos, Chile, Argentina y Uruguay, mientras redes afines existían en Cuba, República Dominicana, Venezuela, Bolivia y Perú (países donde, sobre todo los primeros dos, había exiliados españoles de filiación poumista y anarquista). 
 
Pronto se unieron al grupo otros exiliados. Entre ellos figuran el escritor polaco Jean Malaquais (Vladimir Malacki); el poeta surrealista Benjamín Péret; el militante trotskista G. Munis (Manuel Fernández Grandizo); el comunista consejista alemán Otto Rühle, y su esposa Alicia Gerstel (psicoanalista de orientación adleriana) (2) ; el anarcosindicalista español Ricardo Mestre  (fundador años después de la Biblioteca Social Reconstruir en la Ciudad de México) y los anarquistas rusos Jacobo Abrams, Senia Flechin y Mollie Steimer (protagonistas en años anteriores de un clamoroso proceso político en Estados Unidos) (3). 

Si bien el Partido Comunista Mexicano tildaba al grupo de “trotskista”, difícilmente se podría definirlo así. Ciertamente los militantes de “Socialismo y Libertad” admiraban al viejo revolucionario vilmente asesinado en México, pero iban mucho más lejos en sus críticas a la URSS, a la Internacional Comunista y al modelo bolchevique (4).  Tan es así que en el Boletín de la IV Internacional en México correspondiente al año de 1943, leemos un duro comentario sobre los integrantes del grupo “Socialismo y Libertad”, quienes “irresponsables y megalómanos, habiendo tenido en otras épocas acciones y pensamientos revolucionarios, terminan (…) por separarse progresivamente del marxismo” (5). En realidad, las diferencias entre nuestros exiliados y los trotskistas se hacían cada vez más profundas. Bajo el título, Los problemas del socialismo en nuestro tiempo, Serge, Gorkin, Pivert y Chevalier publicaron hacia finales de 1943 un folleto que se puede considerar como una suerte de manifiesto del grupo (6). Los autores analizaban aquí los grandes problemas del  momento: la guerra, las economías dirigidas, el neo-imperialismo nazi, la descomposición del capitalismo liberal, la crisis moral y doctrinal del movimiento obrero, la psicología de las masas, la degeneración de la URSS, y de la Internacional Comunista, las perspectivas revolucionarias...

Todos eran asuntos polémicos e, incluso, candentes. El análisis se centraba en la categoría de “colectivismo burocrático” introducida unos años antes por Bruno Rizzi,  autor que, sin embargo, había influenciado entre otros a Dwight Macdonald, a James Burnham y al propio Trotsky (7). 
 
“El régimen soviético, fascismo, el nazismo, y el New Deal -escribía Victor Serge en su contribución- tienen innegablemente rasgos comunes determinados en últimas instancias por las tendencias colectivistas de la economía moderna… A consecuencia de la postración de la clase obrera, esas tendencias revisten la forma del colectivismo burocrático…” (8).  
Por su parte, Gorkin se deslindaba abiertamente del trotskismo, porque “no representa una fundamental rectificación del estalinismo, sino un opositor y rival suyo. Por encima de las trágicas luchas de los últimos años, (trotskismo y estalinismo) son, en el fondo, el anverso y el reverso de una misma medalla. Separado de la organización comunista oficial, el trotskismo ha caído en un sectarismo estrecho que lo reducido a la impotencia” (9). Además de algunos folletos más, “Socialismo y Libertad” editó dos revistas: primero Análisis (3 números entre enero y mayo de 1942), y después la ya citada Mundo, “libre tribuna de discusión en la que pueden colaborar todos los socialistas revolucionarios y libertarios, encuéntrense donde se encuentren”. 

El nombre evoca a <em>Monde</em>, publicación parisina de gran prestigio, creada en 1928 por el escritor Henri Barbusse, de la que Gorkin había sido redactor y Serge y Regler colaboradores asiduos. Es de señalar que al final de su vida Barbusse -fallecido en 1936- se había convertido en un entusiasta sostenedor de Stalin y, por esta vía en un icono del régimen soviético. ¿Por qué entonces ese nombre? Retomando el nombre de la revista fundada por el intelectual francés, el grupo se propuso reavivar los criterios críticos, plurales y revolucionarios que habían caracterizado la etapa inicial de la revista (10).  Esa es, en todo caso, la opinión de Vlady (11). 




<em><strong>Proyecciones continentales</strong></em>

    El primer número de Mundo apareció en julio de 1943, el último en julio de 1945, por un total de 13 entregas (12).  El director responsable era Gustavo de Anda, ex integrante de la Oposición Comunista de Izquierda (organización mexicana de orientación trotskista (13) ), pero la dirección política la proporcionaban, de manera colectiva -y no sin tener conflictos- Pivert y los miembros del POUM. Según Vlady, Serge se encontraba algo aislado en el grupo y, a pesar de ser la figura más interesante, no desempeñaba ningún papel dirigente. Entre los colaboradores, encontramos a los mexicanos Luz Cienfuegos, Rodrigo García Treviño, Antonio Hidalgo, Magdalena Mondragón, Manuel Rodríguez, y Francisco Zamora. Había, además, algunos colaboradores latinoamericanos:  Julio César Jovet, escritor chileno; Manuel Hidalgo Plaza, socialista, ex embajador de Chile en México; José Gabriel, escritor argentino y Jorge Reynoso (desde Bolivia y Perú). A partir del número 3, el correspondiente desde Uruguay fue Luce Fabbri, quien en colaboración con otros compañeros, publicó a su vez “Socialismo y Libertad”, revista que se editaba en tres idiomas: español, francés e italiano. Luce se ocupaba de la sección italiana, al lado de Torquato Gobbi (viejo amigo y colaborador de su padre); Julien Coffinet cuidaba de la sección francesa, mientras que Fernando y Pilar Cárdenas, republicanos españoles, escribían en castellano (14). 

“Hacia 1943 –cuenta Luce- surgió una experiencia muy interesante, la de trabajar juntas personas que pertenecíamos a tendencias distintas: socialistas, anarquistas, republicanos. La idea era que en todos los países los refugiados europeos tenían que juntarse con miras a una Europa unida. Lo que queríamos demostrar era que, aún pensando distinto, cuando había una preocupación básica común, se podía lograr una convergencia de esfuerzos. (…) Cada uno escribía desde su posición, y nos preocupábamos por presentar la guerra desde el punto de vista de la resistencia, de las corrientes internacionalistas y anticapitalistas dentro de la resistencia.” (15) 

La sección uruguaya duró poco, con apenas seis números publicados, pero fue significativa en cuanto a la posibilidad de colaboración común entre diversas corrientes, respetándose las diferencias políticas, sin forzar una unidad artificial y empobrecedora. La sección más fuerte era aparentemente la de Chile, país en donde, agotada la experiencia mexicana, aparecerá una segunda edición de Mundo a partir de 1946 (no he podido averiguar cuántos números se publicaron). Entre los integrantes de la sección chilena de “Socialismo y Libertad” encontramos a Pierre Letelier, Juan Sandoval, Julio Lagos y Clodomiro Almeyda (quien, décadas después, se desempeñaría como ministro de relaciones exteriores en el gobierno de Allende).
 
Ojeando las páginas de la revista, el lector queda impresionado por la actualidad de los temas tratados y el rigor del análisis. A parte la abundancia de información sobre la resistencia antifascista en los principales países europeos (no olvidemos que las comunicaciones intercontinentales eran muy difíciles por la guerra, y había que franquear la censura) encontramos reflexiones teóricas de muy alto nivel sobre la cultura mexicana; bolchevismo, estalinismo y trotskismo; la naturaleza socioeconómica de la URSS; la cuestión judía; el nacionalismo; la revolución en la India; el cardenismo; la situación en varios países latinoamericano, entre otros temas.
 
También leemos reseñas bibliográficas, una página cultural, e ilustraciones a cargo del pintor Vlady, y del dibujante Bartolí. Dos psicoanalistas, Fritz Fränkel y Herbert Lennhof aportan estudios sobre el tema “socialismo y psicología”.  Entre los corresponsales en el extranjero destacan: el conocido anarquista alemán Rudolf Rocker, el socialista libertario Sebastian Franck (Henry Jacoby), ambos exiliados en Estados Unidos; el norteamericano Dwight Macdonald, director de la revista Partisan Review (16); Jayprakash Narayan, secretario general del Partido Socialista de India (17); y Angélica Balabanov, destacada militante socialista y ex secretaria de la COMINTERN (antes de romper con los bolcheviques hacia 1923).

El lector queda fascinado por la amplitud de criterios de los redactores: hasta la fecha Mundo queda como uno de los pocos intentos (otro podría ser el de la revista Claridad de Argentina, bajo la dirección de Antonio Zamora) en el que socialistas de varias tendencias intentaron un intercambio de ideas, sin caer en sectarismos.  

En el número 11 de la revista (enero de 1945) leemos: “Socialismo y Libertad representa la síntesis ideológica de los conceptos libertarios y humanos de la filosofía anarquista y del realismo constructivo del socialismo marxista”. Y es que entre los miembros del grupo había marxistas luxemburguianos como Pivert, marxistas libertarios como Serge, anarquistas como Mestre, Fidel Miró y Mollie Steiner y bundistas como Abrams. Fue pues, un intento -por así decirlo- “ecuménico” de plantear un nuevo comienzo a partir de un severo diagnóstico de las vicisitudes del movimiento obrero internacional y de una síntesis de la experiencia de las diferentes corrientes socialistas. Aunque su fracaso es evidente, queda como un esfuerzo serio en esta dirección.
 
Mundo tenía una sede, el Centro Cultural Ibero-Mexicano (V. Carranza 50, Col. Centro, México, D.F.). Aquí los exiliados organizaban encuentros y debates sobre temas de actualidad, siendo repetidas veces atacados por militantes del PCM. Éstos eran, en ocasiones, dirigidos por el italiano Vittorio Vidali, alias Carlos Contreras, agente de la GPU, ex comisario político de la V° Regimiento en España, a la sazón exiliado en México. 




<em><strong>La marginalización del grupo</strong></em>

    El movimiento  “Socialismo y Libertad” nunca cundió en México y, a medida que se acercaba el final de la guerra, se fue debilitando todavía más. ¿Por qué el impacto de un círculo que aglutinaba personalidades relevantes y con un amplio historial de militancia revolucionaria fue tan limitado?  ¿Por qué las principales historias de la izquierda ni siquiera los mencionan? (18) En parte esto se debe a que gran parte de nuestros exiliados nunca se integraron en la vida social y política del país y no deseaban prolongar su residencia más allá de la guerra. Con la salvedad de Victor Serge –quien tenía un diagnóstico más bien pesimista que le causó muchas críticas pero que a la postre se reveló correcto- la mayor parte de ellos pensaba que en Europa la derrota del nazi-fascismo iba a desembocar en una situación prerrevolucionaria parecida a la de 1919-21 y anhelaba participar en el desenlace de los acontecimientos. Entre 1945 y 1946, casi todos se trasladaron a Francia, salvo Serge -quien (supuestamente) murió de ataque cardiaco en la Ciudad de México en 1947- y Gustav Regler, quien se asentó en Tepoztlán, Morelos, dedicándose en los años sucesivos a la literatura y al estudio de las culturas prehispánicas (murió en 1966 en el curso de un viaje a la India) (19). 
  
Hay, sin embargo, otras razones mucho más importantes. El grupo tuvo que enfrentarse a todos los dogmatismos: no solamente al estalinismo del PCM –entonces cercano al PRI por cuyos candidatos, Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán llamó a votar en las elecciones de 1940 y 1946- sino también al trotskismo y, sobre todo, al lombardismo, la ideología oficial del movimiento obrero en México –una ideología particularmente curiosa que se podría definir como mezcla de stalinismo y …anticomunismo con importantes ramificaciones en América Latina y en Estados Unidos (20).  A esto hay que añadir, por supuesto, la hostilidad de la derecha, cuyo exponente principal era José Vasconcelos. De alguna manera el grupo se configura pues como revelador del conjunto de circunstancias que privaban en la política mexicana de tal manera que su “ausencia” del escenario nacional es sintomática. 

Una historiadora especializada en el estudio de la migración, Dolores Pla, señala que algunos refugiados españoles vivieron en México un “doble” exilio (21).  Aun cuando ella alude básicamente al problema de la minoría catalana, la misma hipótesis se puede aplicar a los disidentes del comunismo soviético. Alterando la famosa expresión de Orwell, se podría decir que unos exiliados eran “más exiliados” que otros. Al narrar su experiencia en el campo de concentración de Le Vernet, Francia, Arthur Koestler -quien compartió su experiencia con Gustav Regler- definió “escoria de la humanidad” la figura del disidente desarraigado y despojado incluso de su identidad política (22).  En la misma época, otras obras literarias evocan sentimientos parecidos: Jean Malaquais lo hizo en el <em>Diario de un meteco </em>y en <em>Planeta sin visado </em>(23);   Max Aub (también huésped de Le Vernet) como parte de <em>El laberinto mágico </em>-enorme fresco en seis tomos sobre la guerra civil española- escribió Campo Francés (24);  y Victor Serge consagró sus vivencias en la desgarradora novela, <em>Les Derniers Temps</em>, escrita en México (25).
   
El empleo de términos como meteco, desarraigado, escoria de la humanidad, etc. nos remite al universo espiritual que vivieron estos autores. No es por demás señalar que los comunistas acusaron a Serge, a Pivert y a la gente del POUM de ser la quinta columna de los nazifascistas en México. Esto sucedía en un momento extremadamente delicado, cuando México estaba por declarar la guerra a las potencias del eje y una tal acusación podía valer la expulsión o el encarcelamiento. 




<em><strong>¿Quinta Columna?</strong></em>

    En el curso de algunas pesquisas que hice en el Archivo General de la Nación, encontré información sobre nuestros exiliados en apartados donde se trata precisamente de “nazifascistas” (26).  Los documentos en cuestión son informes confidenciales de agentes de inteligencia del gobierno mexicano que, curiosamente, revelan una mirada muy parecida a la de la izquierda estalinista. ¿Contaban los comunistas con simpatizantes que filtraban informaciones a los servicios de inteligencia? Es posible, aunque habría que probarlo.
 
El hecho es que las calumnias tenían origen en la prensa comunista en el exilio -tanto española (Nuestra Bandera) como alemana (Alemania Libre)-, en La Voz de México (órgano del PCM) y en el periódico El Popular dirigido por Vicente Lombardo Toledano.  Vale la pena abundar sobre la cuestión de la “quinta columna”. El término fue inventado por el general Francisco Franco, quien, en un famoso discurso trasmitido por radio durante el asedio de Madrid (1936), dijo que la marcha de las cuatro columnas nacionalistas hacia la capital se vería pronto coadyuvada por una “quinta” columna que ya estaba allí.  Esta imagen -que evoca el espectro de  la traición- se propagó en el mundo entero, siendo adoptada de manera entusiasta por los partidos comunistas dependientes de Moscú que no desaprovecharon la oportunidad para así descalificar así toda oposición interna.   En un texto originalmente publicado en las postrimerías de la segunda guerra mundial, el filósofo Alexandre Koyré señala que el fenómeno de la “quinta columna” es muy antiguo: ya existía en las ciudades-estado de la Grecia clásica y volvió a aparecer una y otra vez en curso de la historia. Es el “enemigo interior”, un enemigo particularmente peligroso en tiempos guerra civil y de contrarrevolución. Koyré pensaba que el fenómeno de la “quinta columna” había determinado el carácter específico de la segunda guerra mundial (27). 
 
Por lo visto el mismo paradigma se trasladó a México y al resto de América Latina. En el “Fondo Pivert” del Centre d’histoire sociale du XX siècle en París, Francia, hallé un recorte del periódico El Siglo, fechado en Santiago de Chile el 18 de abril de 1942, y firmado por Volodia Teitelboim (28) donde se ataca de manera violenta a Serge acusándolo de ser un agente del Eje y exigiendo se le aplique el artículo 33 (¡lo pedía desde Chile!) en cuanto extranjero indeseable. 
  
Es cierto que en México la ultra-derecha en general y los nazi-fascistas en particular contaban con muchos simpatizantes. Informes de inteligencia conservados en el AGN, así como testimonios y estudios históricos, ubican en el Liceo Alemán y en la revista de José Vasconcelos, El Timón los principales focos de la propaganda nazi en el país (29).
   
Es obvio que nada tenían que ver con esto Serge y sus amigos. Es claro que no había ingenuidad en las acusaciones: más bien la impresión es que se trató de una conspiración orquestada desde Moscú, implementada por el PCM ( en la persona de Miguel Ángel Velasco), y coadyuvada por las prensas española (Juan Comorera)  y alemana en el exilio (Otto Katz, Ludwig Renn, Anna Seghers, Paul Merker, Leo Zuckermann y Erwin Egon Kisch, entre otros), así como por El Popular e, incluso por algunos funcionarios del gobierno alemanista para descalificar a estos exiliados tildándolos de quintacolumnistas.
 
La conspiración involucró incluso a un grupo de ocho diputados quienes, a principios de  1942, publicaron una denuncia que avalaba las calumnias. El escándalo llegó hasta la prensa norteamericana que informó de manera detallada sobre el asunto. Este fue el momento de mayor peligro para nuestros exiliados ya que el objetivo final era su eliminación física (30).   
¿Por qué estas acusaciones absurdas? Porque la izquierda oficial (que básicamente incluía al PCM y a la CTM de Lombardo Toledano) percibía como una grave amenaza política las críticas de Serge y sus amigos a la Unión Soviética. Decían la verdad sobre el “comunismo” y esto era considerado un crimen inconmensurable. Aunque, como ya señalé, la posición de “Socialismo y Libertad” no coincidía con la de los trotskistas, el peligro que ellos representaban para el régimen soviético era análogo. De ahí que, como ya había sucedido en España, no hicieran diferencia alguna.

Esa actitud tuvo graves consecuencias para la izquierda mexicana ya que canceló durante décadas la posibilidad de un debate serio y franco sobre el sentido del socialismo, la naturaleza socioeconómica de la URSS, la cuestión del Estado y el qué hacer del movimiento obrero. Bajo la justificación del nacionalismo y del antifascismo, los dueños del marxismo (Lombardo y el PC, por encargo de sus amos moscovitas) cerraron el paso a este grupo de exiliados. Semejante actitud implicó una grave perdida para el país marcando (junto a episodios aun más graves como el asesinato de Trotsky) la historia de la izquierda mexicana, misma que nunca llevó a cabo una crítica radical del estalinismo.  




<em><strong>Las influencias subterráneas</strong></em>

    Algunos integrantes del círculo eran literatos de gran calibre como Serge, Malaquais, Peret y Regler. Otros, como Vlady, tenían un enorme talento en el campo artístico. ¿Cuales fueron las relaciones del grupo con la intelectualidad mexicana? Ya mencioné la ausencia del grupo en la historias políticas de México, pero las historias culturales tampoco registran su presencia. A manera de ejemplo se puede citar el estudio de Fabienne Bradu sobre Benjamín Peret, mismo que no menciona la participación del poeta en la revista Mundo, aun cuando figura entre sus colaboradores desde el primer número (31).  
 
Por otra parte, escribe Octavio Paz, en Itinerario: 

“A principio del año 1942 conocí a un grupo de intelectuales que ejercieron una influencia benéfica en la evolución de mis ideas políticas: Víctor Serge, Benjamin Péret, el escritor Jean Malaquais, Julián Gorkin, dirigente del POUM, y otros (a Víctor Alba lo conocería meses después). Se unía al grupo a veces el poeta peruano Cesar Moro. Nos reuníamos en ocasiones en el apartamento de Paul Rivet, que fue después director del museo del hombre de París. Mis nuevos amigos venían de la oposición de izquierda . El más notable y el de mayor edad era Victor Serge (…). La figura de Serge me atrajo inmediatamente. Conversé largamente con él y guardo dos cartas suyas. En general, excepto Peret y Moro, ambos poetas con ideas y gustos parecidos a los míos, los otros habían guardado de sus años marxistas un lenguaje erizado de formulas y secas definiciones. (…) Su crítica me abrió nuevas perspectivas pero su lenguaje me mostró que no basta cambiar de ideas, hay que cambiar de actitudes. Hay que cambiar de raíz. Nada más alejado de los dialécticos que la simpatía humana de  Serge, su sencillez y su generosidad. Una inteligencia húmeda. Victor Serge fue para mi el ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí que la política no es sólo acción, es participación” (32).
 
He aquí una pista interesante: Paz -quien había participado en el Congreso Antifascista de Valencia de 1937 (33)- encontró a este grupo de exiliados en un momento importante de su vida, cuando entraba en crisis su ideología estalinista. Si bien los frecuentó durante poco tiempo (Paz dejó México en 1943 para no volver sino hasta 10 años después) es obvio que el poeta quedó impactado.  ¿En qué medida repercutió el encuentro en su desarrollo intelectual posterior? ¿Es posible encontrar una influencia de Victor Serge en la crítica de Paz al totalitarismo? Recordemos Serge había sido en 1933 el primer autor de filiación marxista en emplear el término “totalitarismo” con respecto a la URSS (34). ¿Existen otro casos en que podríamos reconocer una influencia intelectual de Serge en la vida cultural de la época? 

Serge y Péret también colaboraron con las revistas Así, y El hijo Pródigo lo cual nos remite a otras posibles redes culturales que sería interesante investigar. Según informa Fabienne Bradu, en 1944, Serge publicó en El hijo Pródigo un artículo sobre “El mensaje del escritor” traducido al español por el poeta peruano Cesar Moro (35). 

¿Qué influencia tuvo la experiencia del exilio mexicano en el desarrollo intelectual de nuestros autores? Es notable el interés de algunos miembros del grupo con respecto a las culturas prehispánicas. Compilador de una antología sobre mitos, leyendas y cuentos populares de América, Péret fue un admirador y un difusor de estas culturas en Francia (36).  Regler es autor de un libro sobre el México prehispánico y Serge de cuentos y ensayos inédito sobre el mismo tema que encontré en el archivo de Vlady (los originales se encuentran en la biblioteca de Yale que conserva un fondo Victor Serge). Serge influenció además la obra de quien a la sazón era su esposa, la futura arqueóloga, Laurette Séjourné (Laura Valentini), autora de libros importantes sobre el México prehispánico (37).
   
Es interesante seguir los pasos de Victor Serge quien vivió en México los últimos seis años de su vida (1941-1947), redactando aquí parte de sus monumentales <em>Memorias de un revolucionario</em> (que sin embargo no abarcan el periodo mexicano), así cómo las novelas Les années sans perdon, Les derniers Temps, los Carnets, y Vida y muerte de León Trotsky (este último en colaboración con la viuda de Trotsky, Natalia Sedova) además de cuentos, poemas, y un sinnúmero de artículos y ensayos (38).
  
Por cierto que este autor no era un desconocido en América Latina. En los años veinte y treinta, la revista Claridad de Buenos Aires había dado a conocer sus reportajes sobre la vida cultural y social en la Unión Soviética y había reseñado algunos de sus libros. En su número 315 correspondiente a julio de 1937, Claridad había publicado la carta que Victor Serge escribió a sus amigos cuando logró salir de la URSS. La revista tenía cierta circulación en México y algunos de sus números se pueden todavía encontrar en las librerías de viejos de nuestra capital.

Gracias a la labor de la editorial española Cenit (también distribuida en América Latina), los lectores de lengua española conocían algunas de sus novelas, además de artículos y ensayos aparecidos en: Bohemia (Cuba), Argentina Libre (Buenos Aires) y Así (México). ¿Qué impacto dejaron en el continente las ideas de Victor Serge sobre temas tan importantes como la literatura, la revolución y la naturaleza socioeconómica de la URSS?

En 1940 llegó a México Julián Gorkin, procedente de Estados Unidos, y en 1947 falleció Víctor Serge. Por cierto que el gran revolucionario ruso-belga murió en un taxi (como Tina Modotti, ex agente soviética y ex compañera de Vittorio Vidali): ¿ataque cardiaco? ¿Asesinato? Aunque estas dudas probablemente nunca se podrán esclarecer, lo cierto es que en el país había numerosos agentes soviéticos: no olvidemos que, con la complicidad de miembros destacados del PCM, Ramón Mercader había asesinado a León Trotsky sólo unos cuantos años antes.
 
Gorkin escribió aquí su conocido libro sobre el asesinato de Trotsky donde revela la identidad del asesino, Ramón Mercader, cuya madre, Caridad Mercader, catalana de origen, era amante del agente soviético, Eitingon Naum Issakovitch (‘Tom’). Madre e hijo fueron identificados por miembros del grupo, que los conocían desde Cataluña (39). 

Regler escribió en México sus memorias (<em>Das Ohr des Malchus</em>, 1958), recientemente reeditadas en Francia bajo el título <em>Le glaive et le fourreau</em>, y generalmente consideradas una de las fuentes más importantes para la historia del comunismo en los años treinta (40).  Pivert publicó en México el folleto <em>¿A dónde va Francia?</em> De Versailles a Compiègne, y fue uno de los fundadores del  Instituto Francés de América Latina (IFAL) del cual fue también director (41).
  
En conclusión, a pesar de la marginación a que fue sometido, el grupo logró sobrevivir y dejar constancia de su paso por México, Esto no hubiera sucedido si nuestro exiliados no hubieran contado con la colaboración de redes solidarias.  














<em><strong>Notas</strong></em>


 (1)  Véase: El Socialismo Revolucionario Ante la Guerra, Nov, de 1940, México, D.F., publicación del Frente Obrero Internacional (F.O.I.).

 (2)   Sobre el exilio alemán en México consulté: Fritz Pohle, Das mexikanische Exil, Ein Beitrag zur Geschichte der politisch-kulturellen Emigration aus Deutschland (1937-1946), J.B. Metzlersche Verlagsbuchhandlung, Stuttgart, 1986 (este autor menciona a Victor Serge y a la revista Mundo). En español: Jorge Fuentes Morúa, “El exilio alemán en México y la difusión del marxismo” en: Perspectivas Históricas, publicación del Centro de Estudios Históricos Internacionales, año 3 Nos. 5-6, julio-dic. 2000.

 (3) Véase: Mollie Steimer, Toda una vida de lucha. La rebelión de una anarquista condenada por ambos imperios, Ediciones Antorcha, México, 1980. Anna Ribera Carbó, “Semo: fotografía y anarquismo” en: Pablo Yankelevich (compilador) México, país refugio. La experiencia de los exilios en el siglo XX, Plaza y Janés, CONACULTA, INAH, México, 2003.

(4)  Sobre las diferencias entre Trotsky y el POUM, véase en particular el reciente libro de Ignacio Iglesias, Experiencias de la revolución. El POUM, Trotsky y la Intervención Soviética, Laertes, Barcelona, 2003.

(5) Citado en Mundo No. 2, México, D.F., 15 de julio de 1943.

(6)  Victor Serge, Julián Gorkin, Marceau Pivert, Paul Chevalier, Los problemas del socialismo en nuestro tiempo, Ediciones Iberoamericanas México, 1944. Dirigía la editorial, el catalán Bartolomé Costa Amic, integrante del grupo y militante del POUM, fallecido en la Ciudad de México en 2001.

(7)  Bruno Rizzi, La burocratisation du monde, Édité par l’Auteur, Les Presses Modernes, Paris, 1939. Traducción al castellano, La burocratización del mundo, Homo Sociologicus, Barcelona, 1978.

(8)  Victor Serge, “Guerra de Transformación social”, en: Los problemas del socialismo en nuestro tiempo, op. cit., pág. 20.

(9)  Julián Gorkin, “Situación del movimiento obrero y del socialismo” en: Los problemas del socialismo en nuestro tiempo, op. cit., pág. 65.

(10)  Barbusse fue director de Monde entre 1928 y 1935. Es de recordar que Clarté (Claridad) -la revista cultural y de crítica política afín a los bolcheviques fundada por Barbusse en 1919- había ejercido un gran influencia a lo largo de toda Latinoamérica.

(11)  Comunicación al autor. Enero de 2005.

(12)  Ninguna biblioteca mexicana posee una colección completa de la revista. La Biblioteca Social Reconstruir tiene algunos números mientras que otros se encuentran en el archivo personal de Vlady.

(13)  Véase: Olivia Gall, Trotsky en México y la vida política en el periodo de Cárdenas 1937-1940, ERA, 1991, pp. 63, 68, 69.

(14)  Margareth Rago, Entre la historia y la libertad. Luce Fabbri y el anarquismo contemporáneo, Editorial Nordan, Montevideo, Uruguay, 2002  pp. 149-151. Torquato Gobbi (1888-1963) redactor de Studi Sociali. Fundador en Montevideo de la librería italiana; Julien Coffinet, socialista revolucionario francés. Sobre este último, véase: Charles Jacquier, “L’esilio di Julien Coffinet o un marxista eretico a Montevideo”, Revista Storica dell’anarchismo, año 11, No. 1, enero-julio de 2004, Biblioteca Franco Serantini, Pisa.

(15)  M. Rago, Entre la historia y la libertad, op. cit., pag. 151.

(16)  Sobre las relaciones entre Victor Serge y la izquierda norteamericana véase: Alan Wald, "Victor Serge and the New York antistalinist left", en Susan Weissman (compiladora) The ideas of Victor Serge. A life as a work of art, Critique Books, Glasow, 1997, pp. 99-117.

(17)  Sobre la trayectoria de este militante hindú, compañero de Gandhi y Nehru, fallecido en 1979, véase: Allan and Wendy Scarf, J.P. His Biography, Orient Longman Limited, Nex Delhi, 1998.

(18)  Véase por ejemplo el clásico estudio de Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, Editorial Era, México, 1996.

(19) Véase: Gustav Regler, Terre Bénie, Terre Maudite. Le Méxique à l’hombre des siècles. Éditions du Rocher, Monaco, 1953 (traducción del texto alemán, Vulkanisches land).

(20)  Sobre el lombardismo en América Latina, véase Lourdes Quintanilla, Lombardismo y sindicatos en América Latina, México, Distribuciones Fontamara, 1982. Sobre el lombardismo en los EEUU: Luis Fernando Álvarez, Vicente Lombardo Toledano y los sindicatos de México y Estados Unidos, UNAM-Praxis, México, 1995.

(21)  Dolores Pla, “Una convivencia difícil. Las diferencias dentro del exilio republicano español en México”; en: Pablo Yankelevich, , op. cit.

(22)  Arthur Koestler, Oeuvres autobiographiques, Laffont, París, 1994.

(23)  Jean Malaquais, Journal de guerre suivi de Journal du métèque, 1939-1942, Phébus, París, 1997; Jean Malaquais, Planète sans visa, Phébus, París, 1999. En la segunda obra aparecen retratados tanto Serge como Vlady.

(24)  Max Aub, Campo Francés, Alfaguara Bolsillo, Madrid, 1998.

(25)  Victor Serge, Les Derniers Temps, Grasset, París, 1951.

(26)  Galería 3, Ávila Camacho, apartado Extranjeros perniciosos. Encuentros sangrientos entre nazi-fascistas y comunistas.
 
(27)  Alexandre Koyré, La Cinquième Colonne, Editions Allia, París, 1997 (primera edición 1945).

(28)  Escritor todavía vivente, galardonado en 2002 con el Premio Nacional de Literatura de Chile.

(29)  “El nazismo en México”, Archivo General de la Nación, Galería 2, Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales, Caja 83.  Véase también: Ricardo Pérez Monfort, Hispanismo y Falange. Los sueños imperiales de la derecha española, FCE, México, D.F., 1992.
  
(30) Marceau Pivert, Gustav Regler, Victor Serge, Julián Gorkin, ¡La G.P.U. prepara un nuevo crimen!, Edición de Análisis, México DF, 1942.

(31)  Fabienne Bradu, Benjamín Peret en México, Editorial Aldus, México, 1998.

(32)  Octavio Paz, Itinerario, FCE, México, 1993, pág. 74. Las referencias a Victor Serge son numerosas en la obra de Octavio Paz.

(33)  Sobre las simpatías comunistas del joven Paz, es imprescindible el relato de Elena Garro, Memorias de España 1937, Siglo XXI, México, 1992.

(34)   La carta se puede leer en las memorias de Serge. Véase la nueva edición bajo el título, Memorias de mundos desaparecidos (1901-1941), Siglo XXI, México, 2002, pág.  285-86. Esta carta fue señalada entre otros por Enzo Traverso en: Le Totalitarisme. Le XX° siècle en débat,  Editions du Seuil, París, 2001, pág. 278-281.
 
(35)  F. Bradu, op. cit. pág. 30.

(36)  Véase también el magnífico poema de Benjamin Peret, Aire Mexicano publicado por primera vez en París en 1953, traducido por José de la Colina y publicado por la Editorial Aldus con ilustraciones de Rufino Tamayo, México, 1996.
  
(37)  Michel Graulich, "Le couple Kibaltchitch et la civilisation mexicaine", en Socialisme No. 226-227, Bruxelles, 1991 (número especial dedicado a Victor Serge).

(38)  Véase: Claudio Albertani, “Victor Serge en la Ciudad de México”, A pie. Crónicas de la Ciudad de México, año 3 Número 9, julio/septiembre de 2005.

(39)  Julián Gorkin, Leandro Sánchez, Así asesinaron a Trotsky, Populibro, México, D.F., 1955 (primera edición 1947). Después del derrumbe de la URSS, los hallazgos de Gorkin fueron comprobados por un investigador ruso a partir de pesquisas en los archivos del FSB (antiguo KGB), salvo por un “detalle” curioso: Gorkin es presentado como un agente de los servicios secretos franceses (¡!). Véase: Lev Vorobiev “L'assassinat de Trotsky décrit par ses assassin” (trad. del ruso por Jean-Michel Krivine), Critique communiste Paris, 1998, pp. 92-94.

(40)  Gustav Regler, Le glaive et le fourreau, Babel, París, 1999.

(41)  Marceau Pivert, ¿A dónde va Francia? (de Versailles a Compiègne), Costa Amic editor, México, D.F., 1942.



  
  
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   <title>Treinta años después de la Revolución Rusa - Victor Serge (1947)</title>
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   <published>2008-09-11T12:28:49Z</published>
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<em>Este texto, escrito en 1947, es considerado como el testamento político de Víctor Serge.</em>






Los años 1938-1939 han marcado un nuevo rumbo decisivo. Se ha concluido la transformación de las instituciones y de las hábitos de los cuadros del Estado, llamado todavía soviético aunque no lo sea para nada, gracias a las "depuraciones" implacables, dando lugar a un sistema perfectamente totalitario, pues sus dirigentes son los dueños absolutos de la vida social, económica, política y espiritual del país; el individuo y las masas no poseen ningún derecho. La condición material de las ocho o nueve décimas partes de la población se mantiene en un nivel muy bajo. El conflicto abierto con los campesinos se prolonga bajo formas atenuadas. Se hace evidente que, poco a poco, una contrarrevolución ha triunfado. La URSS, al intervenir en la guerra civil española, ha intentando controlar al gobierno de la república y se ha opuesto, con los peores medios -corrupción, chantaje, represión, asesinato-, al movimiento obrero que se inspiraba en los ideales un día compartidos. Una vez consumada la derrota de la República española, no sin que Stalin tenga parte de responsabilidad, la URSS pactó pronto, al principio en secreto, con el Tercer Reich. En el punto más álgido de la crisis europea pueden verse a las dos potencias, la fascista y la antifascista, la bolchevique y la antibolchevique, abandonar sus máscaras y unirse en el reparto de Polonia. La URSS extiende, con el consentimiento de la Alemania nazi, su hegemonía sobre los países bálticos que se separaron de Rusia durante las luchas de 1917-1919. Este cambio de la política internacional rusa se explica por los intereses de una casta dirigente ávida e inquieta, reducida a una capitulación moral frente al Tercer Reich al que teme por su superioridad técnica. Las similitudes internas de las dos dictaduras lo han facilitado.


 I. ¡Qué espantoso camino hemos recorrido en estos treinta años! El acontecimiento más esperanzador, más grandioso de nuestro tiempo, parece volverse contra nosotros. ¿Qué nos queda del entusiasmo inolvidable de 1917? Muchos hombres de mi generación, que fueron comunistas desde el primer momento, no guardan otro sentimiento que el rencor hacia la revolución rusa. Quedan muy pocos testigos y participantes. El partido de Lenin y Trotsky ha sido fusilado. Los documentos han sido destruidos, escondidos o falsificados. Sobreviven sólo y en gran número los emigrados que estuvieron siempre en contra de la revolución. Escriben libros, son enseñantes, cuentan con el apoyo del conservadurismo, todavía poderoso y, por otra parte, incapaz, en esta época de convulsión mundial, de desarmarse o de demostrar objetividad.... Una pobre lógica, mostrándonos el negro espectáculo de la URSS estalinista, afirma la debacle del bolchevismo, la del marxismo, la del socialismo... Escamoteo fácil, en apariencia, de los problemas mundiales que aquejan al mundo y que no dejarán de lastrarle de inmediato. ¿Olvidan las otras debacles? ¿Qué ha hecho el cristianismo durante las catástrofes sociales? ¿Qué ha pasado con el liberalismo? ¿Qué ha producido el conservadurismo ilustrado o reaccionario? ¿No han engendrado a Mussolini, a Hitler, a Salazar o a Franco? Si se tratara de plantear con honestidad las debacles de las ideologías, tendríamos trabajo para largo. Y nada ha acabado aún... 

 Todo acontecimiento es a la vez definitivo y transitorio. Se prolonga en el tiempo bajo aspectos, a veces, imprevisibles. Antes de esbozar un juicio sobre la revolución rusa, recordemos los cambios de rumbo y de perspectivas de la revolución francesa. El entusiasmo de Kant ante la toma de la Bastilla... El Terror, Termidor, el Directorio, Napoleón. Entre 1789 y 1802, la república libertaria, igualitaria y fraternal fue absolutamente negada. Las conquistas napoleónicas, creadoras de un orden nuevo, sólo en el nombre, chocan por su similitud con las de Hitler. El emperador se convirtió en "el Ogro". El mundo civilizado se unió contra él, la Santa Alianza pretendía restablecer y estabilizar en toda Europa el antiguo régimen… Sin embargo, vemos que la revolución francesa, con la irrupción de la burguesía, del espíritu científico y de la industria, alimentó al siglo XIX. Pero treinta años después, en 1819, en el tiempo de Luis XVIII y del zar Alejandro I, ¿no parece como uno de los más costosos fracasos históricos? ¡Cuántas cabezas cortadas, cuántas guerras, para llegar a una mezquina restauración monárquica! 

 Es natural que la falsificación de la historia esté hoy al orden del día. Entre las ciencias inexactas, la historia es aquella que lesiona más intereses materiales y psicológicos. Sobre la revolución rusa pululan leyendas, errores, interpretaciones tendenciosas, aunque sea fácil informarse sobre los hechos… Pero, evidentemente, es más cómodo escribir y hablar sin informarse. 

A menudo se afirma que "el golpe de manobolchevique de octubre-noviembre de 1917 derribó una democracia naciente..." Nada más falso. En Rusia, la República no había sido proclamada, no existía ninguna institución democrática fuera de los Sóviets o de los Consejos obreros, de campesinos y de soldados... El gobierno provisional, presidido por Kerenski, se había negado a llevar a cabo la reforma agraria, a abrir las negociaciones de paz reclamadas por la voluntad popular, a tomar medidas efectivas contra la reacción. Vivía una transición entre dos complots permanentes: el de los generales y el de las masas revolucionarias. Nada hacía pensar en el establecimiento pacífico de una democracia socializante, la única que hubiera sido hipotéticamente viable. A partir de septiembre de 1917 la alternativa se daba entre la dictadura de los generales reaccionarios o en la de los Sóviets. En ésto coinciden dos historiadores desde posiciones opuestas: Trotsky y el hombre de Estado liberal de derechas, Miliukov. La revolución soviética o bolchevique fue el resultado de la incapacidad de la revolución democrática, moderada, inestable e inoperante que la burguesía liberal y los partidos socialistas contemporizadores dirigieron después de la caída de la autocracia. 

 Se continúa afirmando que la insurrección del 7 de noviembre (25 de octubre al viejo estilo) de 1917 fue la obra de una minoría de conspiradores: el Partido bolchevique. Nada se opone más a los hechos verificables. 1917 fue un año de acción de masas asombroso por la multiplicidad, la variedad, la potencia, la perseverancia de las iniciativas populares que empujaron a levantarse a los bolcheviques. Las demandas agrarias se extendían por toda Rusia. En el ejército, la insubordinación aniquilaba la vieja disciplina. Cronstadt y la flota del Báltico habían rechazado categóricamente obedecer al gobierno provisional y sólo la intervención de Trotsky en el Sóviet de la base naval evitó un conflicto armado. El Sóviet de Tachkent, en Turkestán, había tomado el poder por su propia cuenta.... Kerenski amenazaba al Sóviet de Kaluga con la artillería... Un ejército de 40.000 hombres en el Volga se negaba a obedecer. En las afueras de Petrogrado y de Moscú se formaban guardias rojos obreros. La guarnición de Petrogrado se ponía a las órdenes del Sóviet. En los Sóviets, la mayoría de los socialistas moderados se pasaban pacíficamente a los bolcheviques, sorprendiéndoles a ellos mismos este cambio. Los socialistas moderados abandonaban a Kerenski, que no podía contar más que con los militares que llegaron a ser tremendamente impopulares. Estas son las razones por las cuales la insurrección venció en Petrogrado, casi sin derramamiento de sangre, con entusiasmo. Hay que volver a leer, sobre estos acontecimientos, las formidables páginas de John Reed y de Jacques Sadoul, testigos presenciales. El complot bolchevique fue literalmente conducido por una colosal ola ascendente. 

Conviene recordar que el imperio se había hundido en febrero-marzo de 1917 bajo el empuje del pueblo desarmado de las afueras de Petrogrado. La confraternización espontánea de la guarnición con las manifestaciones obreras decidió la suerte de la autocracia. Más tarde, se buscaría a los desconocidos que tomaron la iniciativa de esta confraternización; se encontró a muchos, la mayoría de ellos ha quedado en el anonimato... Los dirigentes y militantes más cualificados de todos los partidos revolucionarios estaban en esos momentos en el extranjero o presos. Los pequeños grupos que existían en Petrogrado estaban tan sorprendidos y sobrepasados por los acontecimientos ¡que los bolcheviques se proponían publicar un llamamiento a la vuelta al trabajo en las fábricas! Cuatro meses más tarde, la experiencia del gobierno de coalición de los socialistas moderados y de la burguesía liberal suscitó una cólera tal que a principios de julio la guarnición y los barrios obreros organizaron, ellos mismos, una gran manifestación armada bajo la consigna de todo el poder a los Sóviets. Los bolcheviques desaprobaron esta iniciativa tomada por desconocidos, uniéndose de mala gana al movimiento para conducirle a una liquidación tan dolorosa como peligrosa. Estimaban, probablemente con razón, que el país no seguiría a la capital. Se convirtieron, naturalmente, en la cabeza de turco. La persecución y la calumnia ("agentes de Alemania") cayó inmediatamente sobre ellos. A partir de ese momento supieron que si no se ponían a la cabeza del movimiento de masas ganarían la impopularidad y los generales cumplirían su objetivo. 

El general Kornilov se mete en la aventura en septiembre de 1917, con la complicidad manifiesta de una parte del gobierno Kerenski. Lenin y Zinoviev escondidos, Trotsky en prisión, los bolcheviques están acosados. Las tropas de Kornilov se disgregan al contacto con los ferroviarios y los agitadores obreros. 

Los funcionarios de la autocracia vieron venir la revolución; no supieron impedirla. Los partidos revolucionarios la esperaban; no supieron, no pudieron provocarla. Una vez desencadenados los acontecimientos, no les quedaba más que participar con más o menos clarividencia y voluntad 

III. Los bolcheviques asumieron el poder porque, en la selección natural que se produjo entre los partidos revolucionarios, ellos fueron los más aptos para expresar de una forma coherente, clarividente y voluntariosa, las aspiraciones de las masas movilizadas. Conservaron el poder, vencieron en la guerra civil porque las masas populares finalmente les apoyaron, a pesar de las vacilaciones y los conflictos, del Báltico al Pacífico. Este gran hecho histórico ha sido reconocido por la mayoría de los enemigos rusos del bolchevismo. Hélène Kousskova, propagandista liberal en la emigración, escribía recientemente que es "incontestable que el pueblo no apoyaba ni al movimiento de los Blancos (...) ni la lucha por la Asamblea Constituyente (...)". Los Blancos representaban la contrarrevolución monárquica, los Constituyentes, el antibolchevismo democrático. Por eso, hasta el final de la guerra civil, en 1920-1921, la revolución rusa aparece ante nosotros como un inmenso movimiento popular al que el Partido bolchevique dota de un cerebro y un sistema nervioso, así como de dirigentes y cuadros. 

Se afirma que los bolcheviques quisieron inmediatamente el monopolio del poder. ¡Otra leyenda!. Al contrario, temían el aislamiento en el poder. Muchos de ellos fueron partidarios, al principio, de un gobierno de coalición socialista. Lenin y Trotsky rechazaron la coalición con los partidos socialistas moderados que habían conducido la revolución de marzo al fracaso y que se negaban a reconocer al régimen de los Sóviets. Pero el Partido bolchevique solicitó y obtuvo la colaboración del Partido socialista revolucionario de izquierdas, partido campesino dirigido por intelectuales idealistas hostiles al marxismo. A partir de noviembre de 1917 hasta el 6 de julio de 1918, los socialistas-revolucionarios de izquierda participaron en el gobierno. Rechazaron, junto a un tercio de conocidos bolcheviques, admitir la paz de Brest-Litovsky y, el 6 de julio de 1918, dieron una batalla insurreccional en Moscú en la que proclamaban su intención de "gobernar solos" y de "recomenzar la guerra contra el imperialismo alemán". Su mensaje radiado ese día fue la primera proclamación de un gobierno de partido único. Fueron vencidos y los bolcheviques tuvieron que gobernar solos. A partir de ese momento, su responsabilidad aumentó, su mentalidad cambió. 

¿Constituían antes o después de la escisión del Partido obrero socialdemócrata ruso en mayoría (bolcheviques) y minoría (mencheviques), un partido profundamente diferente a otros partidos revolucionarios rusos? Se les imputa un carácter autoritario, intolerante, amoral en la elección de los medios; una organización centralizada y disciplinada que contenía el germen del estatismo burocrático; un carácter dictatorial e inhumano. Tanto autores eruditos como ignorantes coinciden en señalar la "amoralidad" de Lenin, su "jacobinismo proletario", su "revolucionarismo profesional". Una mención a la novela-panfleto de Dostoievski, Los Poseídos, y el ensayista cree haber esclarecido los problemas por él creados. 

Todos los partidos revolucionarios rusos, ya desde 1870-1880, fueron autoritarios, fuertemente centralizados y disciplinados en la ilegalidad, para la ilegalidad; todos formaron "revolucionarios profesionales", es decir, hombres que vivían exclusivamente para la lucha; todos podrían, ocasionalmente, ser acusados de una cierta amoralidad práctica, aunque sea justo reconocerles un idealismo ardiente y desinteresado. Casi todos estaban imbuidos de una mentalidad jacobina, proletaria o no. Todos crearon héroes y fanáticos. Todos, con excepción de los mencheviques, aspiraban a una dictadura, y los mencheviques georgianos recurrieron a procedimientos dictatoriales. Todos los grandes partidos eran estatalistas, tanto por su estructura como por la finalidad que se asignaban. En realidad, había, más allá de las divergencias doctrinales importantes, una única mentalidad revolucionaria. 

Recordemos el temperamento autoritario del anarquista Bakunin y sus métodos de organización clandestina en el seno de la primera Internacional. En su Confesión Bakunin preconiza una dictadura ilustrada, pero sin piedad, ejercida por el pueblo… El Partido socialista-revolucionario, imbuido de un ideal republicano, más radical que socialista, formó, para combatir la autocracia por el terrorismo, un "aparato" rigurosamente centralizado, disciplinado, autoritario, presa fácil de la provocación policial. La socialdemocracia rusa, de conjunto, ambicionaba la conquista del Estado. Nadie tuvo un lenguaje más jacobino en relación a la futura revolución rusa que su dirigente Plejánov. El gobierno Kerenski, donde los socialistas-revolucionarios y los mencheviques tenían bastante fuerza, utilizaba, sin cesar, un lenguaje dictatorial, totalmente veleidoso. Los mismos anarquistas, en las regiones ocupadas por el Ejército Negro de Nestor Makhno, ejercían una auténtica dictadura, acompañada de confiscaciones, requerimientos, arrestos y ejecuciones. Y Makhno fue "batko", padrecito, jefe... 

 Los socialdemócratas mencheviques de derecha, como Dan y Tseretelli, deseaban un poder fuerte. Tseretelli recomendó la represión del bolchevismo antes de que fuera tarde... Los mencheviques de izquierda, de la tendencia de Martov, parecen haber sido el único grupo político profundamente interesado en una concepción democrática de la revolución, lo que constituye, desde un punto de vista filosófico, una honrosa excepción. 

 Las características propias del bolchevismo que le confieren una innegable superioridad sobre los partidos rivales con los que compartía una amplia mentalidad común son: a) la convicción marxista; b) la doctrina de la hegemonía del proletariado en la revolución; c) el internacionalismo intransigente; d) la unidad de pensamiento y acción. Entre muchos hombres, la unidad de pensamiento y acción condujo a la fe en su propia voluntad. 

 El realismo marxista de 1917 nos parece hoy un poco esquemático. El mundo ha cambiado, las luchas sociales son mucho más complejas de lo que eran entonces. Durante la revolución rusa, este realismo, apoyado por importantes conocimientos económicos e históricos, estuvo a la altura de las circunstancias. Contenía eficaces antídotos contra la fraseología liberal, el doble juego, la dilación interesada, la abdicación honorable e hipócrita. Los socialistas moderados estimaban que Rusia llevaba a cabo una "revolución burguesa", destinada a abrir al capitalismo una era de desarrollo, dotándose del estatuto político de democracia burguesa... Los bolcheviques creían que sólo el proletariado podía hacer la revolución "burguesa", pero sin ir más allá; que el socialismo no podía triunfar en un país tan atrasado, pero que correspondería a una Rusia socializante dar el impulso al movimiento obrero europeo. Lenin no preveía, en 1917, la nacionalización completa de la producción, sino sólo el control obrero sobre ella; más tarde pensó en un régimen mixto, de capitalismo y estatalismo; sin embargo, en 1918, el estallido de la guerra civil impuso la nacionalización completa como medida inmediata de defensa... La intransigencia internacionalista de los bolcheviques descansaba en la fe en una próxima revolución europea, más madura y más fecunda que la revolución rusa... Esta visión de futuro no les era exclusiva. Era compartida, también, por la ideología socialista europea, aunque, de hecho, los grandes partidos no creían en la revolución. El continuador alemán de Marx, Karl Kautsky, había teorizado hasta 1908 la próxima revolución socialista; Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Karl Liebknecht profesaban la misma convicción. La diferencia esencial entre los bolcheviques y los otros socialistas parece haber sido de naturaleza psicológica, debido a la formación particular de la intelligentsia revolucionaria y del proletariado ruso. No había lugar en el Imperio de los zares ni para el oportunismo parlamentario, ni para los compromisos cotidianos; una realidad social tan simple como brutal engendró una fe completa y activa. En este sentido, los bolcheviques fueron más rusos y estuvieron más al unísono con las masas rusas que los socialistas-revolucionarios y los mencheviques, cuyos cuadros estaban empapados de una mentalidad occidental, evolucionista, democrática, según las tradiciones de los países capitalistas avanzados. 

IV. Abramos el difícil capítulo de los errores y las responsabilidades. No sin lamentar que en un estudio tan breve no nos sea posible considerar los errores, las responsabilidades y los crímenes de las potencias y de los partidos que combatieron la revolución soviética-bolchevique. A falta de este contexto decisivo, estamos obligados a contentarnos con una visión unilateral. 

 Yo escribía, en 1929, en mi libro Retrato de Stalin, publicado en París (Grasset): "(...) el error más incomprensible -porque fue deliberado- que estos socialistas (los bolcheviques), dotados de grandes conocimientos históricos, cometieron, fue el de crear la Comisión extraordinaria de Represión de la Contra-Revolución, de la Especulación, del Espionaje, de la Deserción, llamada abreviadamente Checa, que juzgaba a los acusados y a los simples sospechosos sin ni siquiera escucharlos o verlos, sin permitirles, en consecuencia, ninguna posibilidad de defensa (...), deteniendo en secreto y ejecutando. ¿Qué era sino una Inquisición? Sin duda, un estado de sitio o una dura guerra civil necesitan medidas extraordinarias; pero, ¿les está permitido a los socialistas olvidar que la publicidad de los procesos es la única garantía contra la arbitrariedad y la corrupción para no retroceder más allá de los procedimientos expeditivos de Fouquier-Tinville? El error y la responsabilidad son patentes, las consecuencias han sido espantosas ya que la GPU, es decir, la Checa, ampliada bajo nuevo nombre, acabó por exterminar toda la generación revolucionaria bolchevique (...)" No queda más que remarcar, en favor del Comité central de Lenin, algunas circunstancias atenuantes, importantes a los ojos de la sociología. La joven república vivía expuesta a mortales peligros. Su indulgencia hacia generales como Krasnov y Kornilov les costó sangre a raudales. El antiguo régimen había utilizado ampliamente el terror. La iniciativa del terror fue tomada por los Blancos, ya en noviembre de 1917, para masacrar a los obreros del arsenal del Kremlin; vuelta a tomar por los reaccionarios finlandeses en los primeros meses de 1918, a mayor escala, antes de que el "terror rojo" fuera proclamado en Rusia. Las guerras sociales del siglo XIX, después de las jornadas de junio de 1848 y de la Comuna de París en 1871, estuvieron caracterizadas por el exterminio en masa de los proletarios vencidos. Los revolucionarios rusos sabían lo que les esperaba en caso de derrota. Sin embargo, la Checa fue benigna en sus comienzos, justo hasta el verano de 1918. Y cuando el "terror rojo" fue proclamado, después de los alzamientos contrarrevolucionarios, después del asesinato de los bolcheviques Volodarski y Ouritski, después de los dos atentados contra Lenin, la Checa empezó a fusilar a los rehenes, a los sospechosos y a los enemigos, sólo para canalizar, para controlar el furor popular. Dzerjinski temía mucho los excesos de las Checas locales; la estadística de los chequistas fusilados es, en este sentido, edificante. 

Releyendo últimamente un pequeño libro, deplorablemente traducido al francés, los Recuerdos de un comisario del pueblo, del socialista-revolucionario de izquierdas Steinberg, he vuelto a encontrarme con esos dos significativos episodios. Habiendo sido disparados dos tiros contra Lenin a finales de 1917, una delegación obrera vino a decirle que si la contrarrevolución hacía derramar una sola gota de su sangre, el proletariado de Petrogrado le vengaría con creces... Steinberg, que colaboraba entonces con Lenin, hace notar el embarazo de éste. El episodio no fue difundido, justamente para evitar consecuencias trágicas. Por otro lado, los dos socialistas-revolucionarios que dispararon fueron arrestados, perdonados y, más tarde, pertenecieron al Partido bolchevique... Dos ex-ministros liberales, Chingariov y Kokochkine, al encontrarse enfermos en la cárcel, fueron trasladados al hospital. Fueron asesinados en sus lechos; cuando informaron a Lenin, éste, absolutamente trastornado, ordenó al gobierno abrir una investigación y descubrieron que los autores de los crímenes eran marineros revolucionarios, apoyados y protegidos por el conjunto de sus camaradas. Rechazando la "mansedumbre" de los que estaban en el poder, los marineros la habían suplido mediante una iniciativa terrorista. De hecho, la tripulación de la flota rehusó entregar a los culpables. Los comisarios del pueblo decidieron "dejar pasar" el asunto. ¿Podían, en el momento en el que el sacrificio de los marineros era cada día más necesario para el bien de la revolución, abrir un conflicto con el terrorismo espontáneo? En 1920, la pena de muerte fue abolida en Rusia. Se creía próximo el final de la guerra civil. Yo creía que todo el Partido deseaba una normalización del régimen, el fin del estado de sitio, una vuelta a la democracia soviética, la limitación de los poderes de la Checa o, mejor, su supresión. Todo esto era posible, lo que equivale a decir que la salud de la revolución era posible. El país, agotado, quería comenzar la reconstrucción. Sus reservas de entusiasmo y de fe continuaban siendo grandes. 

El verano de 1920 marca un fecha fatal. Hay que tener muy mala fe, por parte de los historiadores, para no señalarlo. Rusia entera vivía con la esperanza de la pacificación en el momento en que Pilsudski lanzó los ejércitos polacos contra Ucrania. Esta agresión, claramente inspirada por ánimos de conquista, coincidió con el reconocimiento acordado por Francia e Inglaterra al general barón Wrangel que ocupaba por entonces Crimea. La resistencia de la revolución fue instantánea. Polonia vencida, el Comité central pensó en provocar una revolución soviética. El fracaso del Ejército Rojo ante Varsovia hizo cambiar los propósitos de Lenin, pero lo peor fue que, a resultas de esta penosa guerra, en un país desangrado y empobrecido, ya no entró en consideración abolir la pena de muerte ni comenzar la reconstrucción sobre las bases de una democracia soviética... La miseria y el peligro esclerotizaron al Estado-Partido inmerso en ese régimen económico, intolerable para la población y inviable en sí, que se ha dado en llamar el "comunismo de guerra". 

A principios de 1921 la sublevación de los marineros de Cronstadt fue, precisamente, una respuesta contra ese régimen económico y contra la dictadura del Partido. Sean cuales sean sus intenciones, un partido que gobierna a un país hambriento no podrá mantener su popularidad. La espontaneidad de las masas se había apagado; los sacrificios y las privaciones habían agotado a la minoría activa de la revolución. Los inviernos helados, las raciones insuficientes, las epidemias, los requerimientos en el campo extendían el rencor, la desesperanza, la ideología confusa de la contrarrevolución por el pan blanco. Si el Partido bolchevique hubiera aflojado las riendas del poder, ¿quién lo habría sucedido? ¿No era su deber mantenerlo? Hizo bien en hacerlo. 

Se equivocó, sin embargo, al enloquecer ante la sublevación de Cronstad, ya que le era posible hacerlo de otra forma, como sabemos los que estábamos allí, en Petrogrado. Los errores y las responsabilidades del poder se funden en lo que respecta a Cronstadt en 1921. Los marineros se sublevaron porque Kalinin rehusó escucharles. Donde era necesaria la persuasión y la comprensión, el presidente del Comité ejecutivo de los Sóviets empleó la amenaza y el insulto. La delegación de Cronstadt al Sóviet de Petrogrado, en lugar de ser recibida fraternalmente, fue arrestada por la Checa. La verdad sobre el conflicto fue hurtada al país y al Partido por la prensa, que, por vez primera mintió, publicando que un general blanco, Kozlovski, ejercía la autoridad en Cronstadt. La mediación propuesta por los influyentes y bienintencionados anarquistas americanos, Emma Goldman y Alexandre Berkman, fue rechazada. Sonaron los cañones en una batalla fraticida y la Checa, después, fusiló a los prisioneros. Si, como indica Trotsky, los marineros habían cambiado después de 1918 y expresaban las aspiraciones del campesinado atrasado, hay que reconocer que el poder también había cambiado. 

Lenin, al proclamar el fin del "comunismo de guerra" y la "nueva política económica", satisfizo las reivindicaciones económicas de Cronstadt después de la batalla y de la masacre. Reconocía así que el Partido y él mismo se habían aferrado a un régimen insostenible que ya Trotsky había alertado sobre sus peligros y propuesto un cambio un año atrás. La nueva política económica abolía las requisiciones en el campo, reemplazándolas por un impuesto en especie, restablecía la libertad de comercio y de la pequeña empresa, desterraba, en una palabra, la armazón mortal de la estatalización completa de la producción y del intercambio. Hubiera sido natural aflojar, al mismo tiempo, la armadura del gobierno por una política de tolerancia y reconciliación hacia los elementos socialistas y libertarios dispuesto a situarse sobre el terreno de la constitución soviética. Rafael Abramovitch reprocha a los bolcheviques, con razón, no haber entrado en 1921 en esta vía. Por el contrario, el Comité central puso fuera de la ley a los mencheviques y anarquistas. Un gobierno de coalición socialista, si se hubiera formado en esa época, habría implicado algunos peligros internos, menores, sin embargo -a las pruebas me remito- que los del monopolio del poder... En efecto, el descontento del Partido y de la clase obrera obligó al Comité central a establecer, en lo sucesivo, el estado de sitio; un estado de sitio clemente, es cierto, en el interior del Partido. La oposición obrera fue condenada, y una depuración acarreó exclusiones. 

¿Qué profundas razones motivaron la decisión del Comité central para mantener y fortalecer el monopolio del poder? En primer lugar, en estas crisis los bolcheviques no tenían confianza más que en ellos mismos. Acarreando solos las pesadas responsabilidades, singularmente agravadas por el drama de Cronstadt, temían abrir la competición política a los socialdemócratas mencheviques y al partido "campesino" de los socialistas-revolucionarios de izquierda. Finalmente, y sobre todo, creían en la revolución mundial, es decir, en la inminente revolución europea, sobre todo en Europa central. Un gobierno de coalición socialista y democrático hubiera debilitado a la Internacional comunista llamada a dirigir las próximas revoluciones. Quizá estamos tratando el error más grande y grave del Partido de Lenin-Trotsky. Como ocurre siempre en el pensamiento creativo, el error se mezcla con la verdad, con el sentimiento voluntarioso, con la intuición subjetiva. No se emprende nada sin creer en la empresa, sin medir los datos tangibles, sin perseguir el éxito, sin entrar en lo problemático y lo incierto. Toda acción se proyecta en el presente real hacia el futuro desconocido. La acción justificada por la inteligencia es aquella que se proyecta a sabiendas. La doctrina de la revolución europea ¿estaba, bajo éste ángulo, justificada? 

No creo que seamos capaces de responder a esta cuestión de forma satisfactoria, solamente me propongo delimitarla. No queda ninguna duda de que el capitalismo estable, creciente, relativamente pacífico, del siglo XIX, acabó en la primera guerra mundial. Tenían razón los marxistas revolucionarios que preconizaban que se abría una era de revoluciones que abarcaría al planeta entero y que si el socialismo no lograba imponerse en los principales países de Europa la barbarie y otro ciclo de "guerras y revoluciones", según lo definía Lenin citando a su vez a Engels, se impondrían. Los conservadores, los evolucionistas y los reformistas que creyeron en el futuro de la Europa burguesa, sabiamente recortada por el Tratado de Versalles, apañada en Locarno, empapada de frases huecas por la Sociedad de Naciones, aparecen hoy como políticos sin visión. ¿Qué estamos viviendo sino una transformación mundial de las relaciones sociales, de los regímenes de producción, de las relaciones intercontinentales, de los equilibrios de fuerzas, de las ideas y las costumbres, es decir, una revolución mundial tan viva en Indonesia como incierta y titubeante en Europa? América, con sus formidables progresos técnicos, sus abrumadoras responsabilidades a escala mundial, sus impulsos sociales contradictorios, mantiene un lugar privilegiado, como corresponde al país industrial más rico y mejor organizado; pero nada de lo que pase en Grecia, en Japón, en las más remotas zonas árticas de la URSS; nada de lo que se haga o trame en Trieste o Madrid puede serle ajeno... 

Los marxistas revolucionarios de la escuela bolchevique deseaban, querían, la transformación social de Europa y del mundo mediante la toma de conciencia de las masas trabajadoras, mediante la organización racional y justa de una sociedad nueva; se proponían trabajar para que el hombre dominara, por fin, su propio destino. Y es aquí donde se equivocaron, pues fueron vencidos. La transformación del mundo se desarrolla en medio de la confusión de las instituciones, de los movimientos y de las creencias, sin la aparición de una clara consciencia o de un humanismo renovado e, incluso, poniendo en peligro todos los valores, todas las esperanzas de los hombres. La tendencia general sigue siendo, sin embargo, la que el socialismo de acción ya indicaba desde 1917-1920: hacia la colectivización y la planificación de la economía, hacia la internacionalización del mundo, hacia la emancipación de los pueblos y las colonias, hacia la formación de democracias de masas de un nuevo tipo. La alternativa continúa siendo la que el socialismo preveía: la barbarie y la guerra, la guerra y la barbarie, el monstruo con dos cabezas. 

Los bolcheviques creían, con razón, que la salud de la revolución rusa dependía de la posible victoria de una revolución en Alemania. La Rusia agrícola y la Alemania industrial hubieran sufrido, bajo el socialismo, un desarrollo extraordinario y pacífico. Con esta hipótesis cumplida, la república de los Sóviets no hubiera padecido la asfixia burocrática interna... Alemania hubiera escapado de las tinieblas del nazismo y de la catástrofe. El mundo hubiera podido conocer otras luchas, pero nada nos autoriza a pensar que esas luchas hubieran producido maquinarias infernales como el hitlerismo y el estalinismo. Por el contrario, todo nos induce a pensar que una revolución triunfante en Alemania después de la primera guerra mundial hubiera sido infinitamente fecunda para el desarrollo social de la humanidad. Tales especulaciones sobre las posibles variantes de la historia son legítimas e incluso necesarias, si se quiere comprender el pasado y orientarse en el presente; para condenarlas, habría que considerar la historia como un encadenamiento de fatalidades mecánicas y no como el desarrollo de la vida humana en el tiempo. 

Luchando por la revolución, los espartakistas alemanes, los bolcheviques rusos y sus camaradas de todos los países, luchaban para impedir el cataclismo mundial que acabamos de sobrevivir. Ellos lo sabían. Maduraron con una generosa voluntad de liberación. Quien quiera que haya estado con ellos no los olvidará nunca. Pocos hombres fueron tan devotos de la causa de los hombres. Ahora está de moda imputar a los revolucionarios de los años 1917-1927 una intención de hegemonía y de conquista mundial, pero conocemos muy bien los rencores y los intereses que trabajan por desnaturalizar la verdad histórica. En lo inmediato, el error del bolchevismo fue, no obstante, patente. La inestabilidad reinaba en Europa, la revolución socialista parecía teóricamente posible, racionalmente necesaria, pero no se hizo. La inmensa mayoría de la clase obrera de los países occidentales rechazó impulsar o sostener el combate; creyó en la vuelta del progreso social de antes de la guerra; se encontraba lo suficientemente bien como para temer los riesgos; se dejó alimentar por las ilusiones. La socialdemocracia alemana, conducida por dirigentes mediocres y moderados, temía los esfuerzos generales de una revolución fácilmente iniciada en noviembre de 1918 y siguieron las vías democráticas de la república de Weimar... 

Cuando se reprocha al bolchevismo haber llevado a cabo una revolución por la violencia y la dictadura del proletariado, no sería justo dejar de considerar la experiencia contraria, la del socialismo moderado, reformista, que intentó agotar las posibilidades de la democracia burguesa hasta la llegada de Hitler. Los bolcheviques se equivocaron al valorar la capacidad política y la energía de las clases obreras de Occidente y, en principio, de la clase obrera alemana. Este error, deudor de su idealismo militante, arrastró graves consecuencias. Perdieron el contacto con las masas de Occidente. La Internacional comunista pasó a ser un anexo del Estado-partido soviético. La doctrina del "socialismo en un solo país" nació de la decepción. En su momento, las tácticas estúpidas e incluso perversas de la Internacional estalinista facilitaron el triunfo del nazismo en Alemania... 

VI. Un primer balance de la revolución rusa hay que hacerlo sobre el año 1927. Han pasado ya diez años. La dictadura del proletariado se ha convertidor, después de 1920-1921, -datos aproximados y discutibles- en la dictadura del Partido comunista, sometido éste, a su vez, a la dictadura de la "vieja guardia bolchevique". Esta "vieja guardia" constituye, en general, una élite notable, inteligente, desinteresada, activa, tenaz. Los resultados obtenidos son grandiosos. En el extranjero, la URSS es respetada, reconocida, y, a menudo, admirada. En el interior, la reconstrucción económica ha llegado a su fin, sobre las ruinas dejadas por las guerras, con los únicos recursos del país y de la energía popular. Un nuevo sistema de producción colectivista ha sustituido al capitalismo y funciona bastante bien. Las masas trabajadoras de las Rusias han demostrado su capacidad de victoria, de organización y de producción. Se han instalado nuevas costumbres así como un nuevo sentimiento de dignidad en el trabajador. El sentimiento de la propiedad privada, que los filósofos de la burguesía consideraban como innato, está en vías de extinción natural. La agricultura se ha reconstruido a un nivel que alcanza e incluso sobrepasa al de 1913. El salario real de los trabajadores está sensiblemente por encima del de 1913, es decir, del de antes de la guerra. Ha surgido una nueva literatura llena de vigor. El balance de la revolución proletaria es netamente positivo. Pero ya no se trata sólo de reconstruir, sino de construir: de ampliar la producción, de crear nuevas industrias (automóvil, aviación, química, aluminio...); se trata de remediar la desproporción entre una agricultura restablecida y una industria débil. 

La URSS está aislada y amenazada. Se trata de asegurar su defensa. Los marxistas no tienen mucha ilusión en el pacto Briand-Kellog que pone a la guerra "fuera de la ley"... El régimen está en una encrucijada, el Partido desgarrado por la lucha por el poder, y por el programa del poder, disponiendo a los viejos bolcheviques los unos contra los otros. Los continuadores más lúcidos de los tiempos heroicos se han agrupado en torno a Trotsky. Pueden cometer errores tácticos, formular tesis insuficientes, vacilar, pero su mérito y su coraje no serán puestos en duda. Preconizan la industrialización planificada, la lucha contra las fuerzas reaccionarias y, sobre todo, contra la burocracia, por el internacionalismo militante, la democratización del régimen, empezando por el Partido. Han sido vencidos por la jerarquía de los secretarios, que se confunde con la jerarquía de los comisarios de la GPU, bajo la égida del secretario general, el obscuro georgiano de hace poco, Stalin. Los miles de fundadores de la URSS que habían dado ejemplo de su devoción al pensamiento socialista, se encuentran ahora en prisión o deportados. Lo que les imputan es contradictorio, pero poco importa. El hecho esencial es que en 1927-1928, gracias a un golpe de mano dado en el Partido, el Estado-Partido revolucionario ha pasado a ser un Estado-policial-burocrático, reaccionario, sobre el terreno creado por la revolución. El cambio de ideología se acentúa brutalmente. El marxismo de fórmulas planas elaborado por los verdugos sustituye al marxismo crítico de los hombres con ideas. Se establece el culto al Jefe. El "socialismo en un solo país" ha pasado a ser el cliché válido para todos los advenedizos que tienen, como único interés, conservar sus privilegios. Los opositores observan, con angustia, cómo se perfila un nuevo régimen, un régimen autoritario. Cuando los viejos bolcheviques que acabaron con la oposición trotskista, los Bujarin, Rykov, Tomski, Rioutine, se den cuenta, espantados, pasarán ellos mismos a la resistencia. Demasiado tarde. La lucha de la generación revolucionaria contra el totalitarismo duró diez años, de 1927 a 1937. 

Las peripecias confusas y a veces desconcertantes de esta lucha no nos deben oscurecer su significado. Las personalidades han podido enfrentarse las unas a las otras, combatirse, reconciliarse, incluso traicionarse; han podido perderse, humillarse ante la tiranía, intentar ser astutos ante los verdugos, dejarse utilizar, alzarse desesperadamente. El Estado totalitario utilizó a unos contra otros eficazmente, ya que había aprisionado sus almas. El patriotismo del Partido y de la revolución, cimentado por el sacrificio, los servicios, los resultados obtenidos, el apego a prodigiosas visiones de futuro, el sentimiento del peligro común, borró el sentido de la realidad en las mentes más claras. La resistencia de la generación revolucionaria, a la cabeza de la cual se encontraban la mayor parte de los viejos socialistas bolcheviques, fue tan tenaz que en 1936-1938, durante los procesos de Moscú, debió ser exterminada para que el nuevo régimen se estabilizara. Fue el golpe de mano más sangrante de la historia. Los bolcheviques perecieron por decenas de miles, los combatientes de la guerra civil por centenares de miles, los ciudadanos soviéticos, portadores de un idealismo condenado, por millones. Algunas decenas de compañeros de Lenin y Trotsky consintieron en deshonrarse, en un supremo acto de abnegación hacia el Partido, antes de ser fusilados. Miles más fueron fusilados en los sótanos. Los campos de concentración más grandes del mundo se encargaron de la aniquilación física de masas de condenados. La sangrienta ruptura fue llevada a cabo entre el bolchevismo, forma rusa ardiente y creadora del socialismo, y el estalinismo, forma igualmente rusa, es decir, condicionada por todo el pasado y el presente de Rusia, del totalitarismo. A fin de que este último término tenga su sentido preciso, definámosle: el totalitarismo, tal y como se estableció en la URSS, en el Tercer Reich, y esbozado en la Italia fascista y en otras partes, es un régimen caracterizado por la explotación despótica del trabajo, la colectivización y la producción, el monopolio burocrático y policial (mejor valdría decir terrorista) del poder, el pensamiento sojuzgado, el mito del jefe-símbolo. Un régimen de esta naturaleza tiende, por fuerza, a la expansión, es decir, a la guerra de conquista, ya que es incompatible con la existencia de vecinos diferentes y más humanos; ya que sufre, inevitablemente, de sus propias psicosis de inquietud; ya que vive sobre la represión permanente de las fuerzas explosivas de su interior. 

Un autor americano, James Burnham, sostiene que Stalin es el verdadero continuador de Lenin. La paradoja, llevada a la hipérbole, no carece de un cierto atractivo estimulante en los medios de pensamiento perezoso e ignorante... Es evidente que un parricida es el continuador biológico de su padre. Y es, asimismo, evidente, que no se continúa un movimiento masacrándole, una ideología renegando de ella, una revolución de trabajadores mediante la más cruda explotación de esos mismos trabajadores, la obra de Trotsky asesinando a Trotsky y quemando sus libros... O las palabras continuación, ruptura, negación, renegar, destrucción, no tendrían sentido inteligible, lo que podría interesar, por otra parte, a los intelectuales brillantemente oscurantistas. Yo no sueño con meter a James Burnham en esta categoría. La paradoja que ha desarrollado, sin duda por amor a la teoría irritante, es tan falsa como peligrosa. Bajo miles de formas planas se encuentra hoy en la prensa y en los libros, justo antes de la preparación de la tercera guerra mundial. Los reaccionarios tienen un interés evidente en confundir el totalitarismo estalinista, exterminador de los bolcheviques, con el bolchevismo, a fin de perjudicar a la clase obrera, al socialismo, al marxismo e, incluso, al liberalismo... 

El caso personal de Stalin, ex viejo bolchevique, así como el de Mussolini, ex viejo socialista de Avanti, es totalmente secundario a efectos sociológicos. Que el autoritarismo, la intolerancia y ciertos errores del bolchevismo hayan labrado un terreno favorable al totalitarismo estalinista, no se puede negar. Una sociedad contiene, como un organismo, gérmenes de muerte. Pero hace falta que las circunstancias históricas les faciliten su eclosión. Ni la intolerancia ni el autoritarismo de los bolcheviques (y de la mayor parte de sus adversarios) permiten poner en cuestión su mentalidad socialista o las conquistas de los diez primeros años de la revolución. Y estas conquistas son tan reales que dos sabios americanos, estudiosos del desarrollo cíclico de los organismos y de las sociedades, constatan que "en 1917-1918, Rusia entró en un nuevo ciclo de crecimiento, de suerte que hoy podemos situarla como la más joven de las grandes naciones del mundo (...) (1)". 

En el momento del estallido de la revolución rusa, los efectivos organizados de todos los partidos revolucionarios eran inferiores al 1% de la población del Imperio. Los bolcheviques constituían una fracción de ese menos del uno por ciento. La ínfima levadura creció pero rápidamente se agotó. La revolución de octubre-noviembre de 1917 fue dirigida por un partido de hombres jóvenes. El mayor de entre ellos, Lenin, tenía 47 años, Trotsky 38; Bujarin, 29; Kamenev y Zinoviev, 34. Diez a veinte años más tarde, la resistencia al totalitarismo fue llevada a cabo por una generación envejecida. Y esta generación no sucumbió solamente bajo el peso de una joven burocracia policial ávidamente agarrada a los privilegios del poder, sino además por la pasividad política de las masas agotadas, subalimentadas, paralizadas por el sistema terrorista y la intoxicación de la propaganda. Por otra parte, se encontraron sin el más mínimo apoyo eficaz en el exterior. Durante su resistencia en la URSS la escalada de las fuerzas reaccionarias en el mundo fue casi ininterrumpida. Las potencias democráticas trataban con miramientos o alentaban a Mussolini y Hitler. El impulso de los frentes populares, ese combate de retaguardia de las masas trabajadoras de Occidente, quebrado en España por la coalición del nazismo, del fascismo y de Franco, en el momento preciso en que los verdugos de Stalin procedían, en Rusia, a la liquidación del bolchevismo... 

VII. ¿Podemos defender algo de la revolución rusa después de esos diez primeros años exaltantes y de los veinte negros años que les siguieron? Sí, y no poco: una inmensa experiencia histórica, recuerdos llenos de orgullo, ejemplos inapreciables... La doctrina y las tácticas del bolchevismo necesitan, sin embargo, un estudio crítico. Se han producido tantos cambios en este mundo caótico que ninguna concepción marxista -o socialista- válida en 1920 tendría aplicación práctica sin una revisión esencial. No creo que en un sistema de producción en donde el laboratorio ha adquirido, en relación al taller, una creciente preponderancia, la hegemonía del proletariado pueda imponerse si no es bajo formas morales y políticas que impliquen, en realidad, la renuncia a la hegemonía. No creo que la "dictadura del proletariado" pueda revivir en las luchas del futuro. Habrá, sin duda, dictaduras más o menos revolucionarias; la tarea del movimiento obrero será siempre, estoy convencido, mantener un carácter democrático, no sólo en bene