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Reflección y militancia - Sara Bonmati (2016)

PSOE: Reflexión y militancia

Sara Bonmati

07/01/2016


El peor error es el que no se reconoce. Es quizá el único que desde la buena fe no puede perdonarse. Y hay mucho de esto tras de la derrota del PSOE.

Duele verle deambulando, desarmado y herido, desprovisto de aquello que le ha hecho imbatible durante 136 años y que no es otra cosa que su identidad, su alma.

Si bien en los últimos años se ha hecho más visible, arrastramos una lenta y progresiva erosión desde hace décadas. Hemos renunciado, a veces ingenuamente, otras de forma estudiada y otras arrastrados por el contexto, a minúsculas, pequeñas y medianas parcelas de nuestro ideario, de nuestro hacer, sin ser conscientes de que en cada una de ellas residía el principio y sentido de nuestro ser. Y hemos cubierto esos huecos con Conferencias impostadas, con Consejos de Sabios, con banderas sobredimensionadas, con discursos vacíos construidos al ritmo de pulsiones demoscópicas y mediáticas.

Es necesario que los pretendidos líderes abandonen la justificación de que el contexto político ha cambiado, que no se pueden comparar los resultados porque antes no existían estas formaciones. Por favor, que dejen de sesgar la realidad para que entre por el marco de su puerta, porque han sido los anteriores dirigentes del PSOE los que han convertido sus errores, en el mejor de los casos, y su incapacidad manifiesta, en el peor de ellos, en el oxígeno que ha permitido a PODEMOS hacer fuego; y porque ha sido la actual dirección la que, al obviarlo, ha seguido alimentando la llama. Y es que, mientras fuera de las sedes la lucha de clases se está practicando de forma descarnada con consecuencias dramáticas, dentro del PSOE, el aparato de Ferraz y los demás contra-aparatos (y que son también aparato) continúan con su vergonzoso juego de ábaco. Interioricemos que nuestro electorado, mayoritariamente de clase trabajadora, no sólo nos ha retirado la confianza por nuestros errores sino que también nos culpa de las políticas antisociales del Partido Popular en la medida en la que éramos nosotros los valedores y escuderos de sus intereses.

Es desolador, pero el PSOE desde hace demasiado tiempo no aprende nada; y lo que es peor, ni quiere oír hablar de ello. Quizá las cosas serían diferentes si hubieran escuchado a personas íntegras y honestas, socialistas de corazón, que vestían de impotencia sus ojos mientras rompían el carnet con sus propias manos y salían con un «no me voy, me echan» entre los labios. Socialistas que se han sentido expulsados de la que fue la Casa de sus abuelos, de sus padres y de ellos mismos. Quizá para la mirada miope de Ferraz (la actual y las recientes) sólo representa un número marginal de censo, pero para los que hemos aprendido de ellos supone una pérdida insuperable. Y es que, al conocerles, se puede entender cómo es posible que parafraseando al poeta Miguel Hernández, una gota de pura convicción valga más que un océano mediocre.

Las actuales direcciones políticas del PSOE no son la causa de la desideologización del partido, sino que son la consecuencia de ella. Esto encuentra su ejemplificación más clara en la promoción de Irene Lozano en detrimento del trabajo impecable de la actual secretaria de Empleo federal del PSOE, Luz Rodríguez, o de la referencia intelectual de Eduardo Madina. Más aún cuando se ha querido presentar a Irene Lozano como un fichaje «independiente» pero útil para capitanear las cuestiones de regeneración democrática; eso sí, sin subrayar que se adscribió a las listas socialistas en el momento preciso: inmediatamente después de perder unas primarias en Unión, Progreso y Democracia (UPyD) e inmediatamente antes del hundimiento de esta formación política.

Los históricos dirigentes socialistas priorizaban la formación a la revolución; los actuales demuestran que sin la primera se pierden las dos.

Y es que sólo desde ese insustancial cortoplacismo se puede comprender ‒y ya es decir‒ que el actual secretario de Organización y número dos del PSOE al valorar los peores resultados obtenidos desde la transición, declarara en la Cadena Ser que «bueno, hemos perdido las elecciones pero hemos ganado a las encuestas».

Pero no todo es un problema del PSOE, desgraciadamente va mucho más allá.

Asumir las bondades del capitalismo nos ha anestesiado, nos ha dejado huérfanos de alternativa, de utopía, de respuesta económica y política. Para mí uno de los grandes problemas radica en una parte de la socialdemocracia que se rebautizó para abandonar el socialismo, en este socioliberalismo que se ha rebautizado para abandonar toda socialdemocracia. Ello nos ha llevado en buena medida a resignarnos a vivir en un sistema que tiene como base, medio y fin la desigualdad.

Además, el abandono del internacionalismo nos ha dejado desarmados para defender los intereses que representamos, porque asumámoslo, nuestros Estados son demasiado grandes para los pequeños problemas y demasiado pequeños para los grandes problemas. Como bien dice Pepe Mújica, tenemos que empezar a pensar como especie. Porque lo que hace imposible que, por ejemplo, desaparezcan las SICAV es la ausencia absoluta de conciencia y voluntad de organización. Y más, dicho abandono ha llevado al paroxismo al proyecto social europeo, dejando la soberanía de los Estados al vaivén de los caprichos de los mercados especulativos.

Todo ello no puede comprenderse plenamente si no se vincula con la financiarización, es decir, con la sobredomina­ción de los mercados finan­cieros sobre las economías productivas; hecho que ha permitido ir un paso más allá en el debilitamiento de la fuerza de los trabajadores y las trabaja­doras. Los agentes hegemónicos han conseguido dinamitar la codependencia entre tra­bajo y capital existente en las economías productivas para ir a una fórmula que perpetúa y amplía su situa­ción de dominación, con­virtiendo el trabajo en un hecho casi accidental; así, el capitalismo financiero ha conseguido despejar de la ecuación a buena parte de los y las trabajadores en el mundo. Evolución que ade­más, se ha visto acelerada por un proceso de globa­lización incardinado en el beneficio por el beneficio, quedando vacío de todo sentido de bienestar social.

Esta estudiada transforma­ción ha puesto en jaque a las fuerzas democráticas. La historia impuso para la validación de las democra­cias el paso del sufragio censitario al sufragio uni­versal y éste, trajo consigo de forma connatural la exigen­cia de la intervención del Estado en las condiciones de la vida de la gente, y más concretamente de las condiciones laborales de sus nacionales. Se configuraba así la democracia como con­trapoder o peso equilibra­dor al poderío económico que tuviera aspiraciones esencialmente esclavizadoras. Sin embargo, esta demo­cratización económica pronto sería cuestionada por los poderes fácticos que no estaban ni están dispuestos a admitir los dictámenes de una demo­cracia, sustentada en tér­minos numéricos principal y fundamentalmente por trabajadores y trabajadoras. La estrategia a seguir fue sencilla: si se es capaz de producir beneficio ‒es decir, capital‒ basándose exclusivamente en el pro­pio capital, los trabajado­res quedarían excluidos del proceso económico y por lo tanto, su voz, expresada a través de las democra­cias carecería de la fuerza necesaria para que ésta trazara las líneas rojas a, entre otras, las actuaciones especulativas y la acumu­lación de riqueza en pocas manos.

Así la deslocalización de capital que fue defendida desde las teorías del pensamiento único neoliberal en términos de competitividad, han mostrado que su verdadero fin no es otro que la coacción democrática a través del chantaje económico.

A esta compleja cuestión, entre otras tantas de gran relevancia, es a la que deben responder las fuerzas políticas y sindicales progresistas, y todo ello sin mencionar cómo contrarrestar la ingeniería mediática llevada a cabo por el neoliberalismo como brillantemente expone Owen Jones en su libro Chavs, la demonización de la clase obrera (Capitán Swing Libros) y que se basa en el desprecio, la deslegitimización de la clase trabajadora, y la desvinculación consigo misma.

Frente a este gran desafío la militancia tiene que despertar. Tiene que abandonar las trincheras del personalismo para volver a las corrientes de pensamiento, interiorizar que la discrepancia gobernada de buena fe nos fortalece y que el fanatismo nos envenena. Tiene que declararle la guerra a los expertos de lo orgánico, a quienes no tienen más aspiración que sustentar su lucha interesada. Debemos formarnos más y cultivar infinitamente más el sentido crítico. Nos tenemos que librar de toda autocomplacencia, de todo arribismo, de toda suerte de inevitabilidad. Tenemos que ser capaces de curar al PSOE de esta enfermedad llamada endogamia, de este insoportable cainismo que nos impide avanzar. Tenemos que ser capaces de superarnos, de ser mejores de lo que hemos sido.

Volvamos a la pedagogía política, a la ejemplaridad, al espíritu humanista. Reafirmémonos en el feminismo, interioricemos profundamente el ecologismo y denunciemos hasta quedar exhaustos este hiperconsumismo. Volvamos a reconocer en el socialismo una forma de entender la vida y luchar por el mundo. Porque cuando lo hagamos, ilusionaremos a las personas de entre 20 y 50 años que brillan por ausencia en nuestras filas, nos dotaremos de una estructura acorde a nuestro tiempo, y finalmente, actualizaremos con firmeza nuestros postulados.

Volvamos a nuestra alma. Dejemos de confundir lo urgente con lo importante. Y es que, si por algo se ha definido el socialismo a lo largo de la historia ha sido por mirar a la realidad, por no negarla, por no mirar para otro lado ante las injusticias y miserias. Porque al mirar, al obligarnos a nosotros mismos a mirar, no podremos callar.

Volvamos a un discurso encendido y contestatario, cargado de dignidad, defendiendo con pasión pero guiado por la razón, porque como dijo Pablo Iglesias en el Parlamento en 1910 «el partido que yo aquí represento aspira a concluir con los antagonismos sociales, a establecer la solidaridad humana. (…) El partido que tiene esta aspiración no es un partido utópico; aspira a proceder por etapas, a realizar reformas, a obtener ventajas que le permitan llegar a su ideal.»

Tenemos que hacerlo. Tenemos que estar a la altura de esta organización que los y las que nos antecedieron convirtieron en heroica. Tenemos que hacerlo por nosotros y nosotras, por nuestros hijos e hijas, pero sobre todo tenemos que hacerlo por esta justa y digna lucha. Tenemos que despertar y ser conscientes de que nos quedaremos sin voz si no demostramos el valor de nuestra palabra.

Hoy más que nunca ¡salud, república y socialismo!

Sara Bonmati :

militante de Juventudes Socialistas de España (JSE) y del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Fuente:

www.sinpermiso.info, 10 de enero 2016