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Chávez quiere comprarse una revolución - por Joaquín Villalobos (2007)

Este articulo apareció primero en el periódico El País (Madrid), del 1° de junio 2007. Joaquín Villalobos es un ex-dirigente del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), durante la Guerra Civil de El Salvador, y fue uno de los signatarios de los Acuerdos de paz que pusieron fin la guerra civil de El Salvador en 1992. Actualmente es consultor internacional en solución de conflictos.

Normalmente los padres suelen reprender a sus hijos prohibiéndoles ver la televisión, sin embargo los cubanos, cuando sus hijos se portan mal, los amenazan con obligarlos a ver la televisión estatal. Chávez ha cometido un grave error al cerrar un canal opositor que llevaba medio siglo al aire. Guste o no, esto no fue un ataque al poder mediático capitalista sino un golpe a la identidad cultural venezolana que tendrá severas implicaciones sobre su Gobierno. Pretender sustituir las telenovelas y el entretenimiento de los pobres por una patética programación "revolucionaria" es tan grave como dejarlos sin comida.

El punto de partida de éste y otros desaciertos de Chávez es creer que él ha hecho una revolución, cuando simplemente ganó unas elecciones, y esto no ocurrió por aciertos propios sino por los errores y soberbia de una oposición que tiene muchas joyas y poco pueblo. Ésta le ayudó a hacerse de una mayoría electoral que le permitió controlar instituciones y cambiar algunas reglas, pero no le da la correlación suficiente para imponer un viraje ideológico drástico como el que está pretendiendo.

En Venezuela no ha habido ruptura revolucionaria como sí la hubo en Cuba y Nicaragua, donde la democracia no tenía antecedentes. En Cuba el cambio fue violento y total, todas las instituciones se refundaron y hasta la fecha no hay ni oposición, ni elecciones, ni libertad de prensa, ni propiedad privada. En Nicaragua el cambio fue igualmente violento, pero aunque maltratadas sobrevivieron la libertad de prensa, la propiedad privada, las elecciones y la oposición. Venezuela podrá tener una crisis de polarización extrema o un periodo prolongado de agitación social, pero no una revolución. Cuando eso ocurre la violencia política toma preeminencia primero como rebelión y luego como contrarrevolución. En Venezuela, hasta la fecha, la violencia política sigue siendo más verbal que real.

Cuarenta años de alternancias pacíficas construyeron una cultura democrática en los venezolanos que hasta ahora ha mantenido admirablemente bloqueada la violencia política. En Venezuela hay una legalidad muy debilitada, pero hay una legalidad. El error del golpe de la oposición en el año 2002 fue precisamente no dar importancia a esto. Derrumbar gobiernos no es fácil y tampoco lo es modificar radicalmente y en frío los pilares de un sistema preexistente. Una ruptura revolucionaria crea una situación de gran exaltación social que, para bien o para mal, abre espacios para cambiar muchas cosas, incluso temas ideológicos o culturales muy sensibles en una sociedad; sin embargo, éstos son los más difíciles de modificar.

Las revoluciones anticapitalistas emergieron más de las dictaduras que de la pobreza. En Venezuela no había dictadura y la pobreza no fue importante en el ascenso de Chávez, aunque ahora lo sea en su defensa. Toda revolución es austera y esto no lo conocen los venezolanos ni de derecha ni de izquierda. Venezuela no es un país capitalista industrial e industrioso, sino rentista y consumista. Chávez está fortaleciendo el rol económico del Estado, redistribuyendo la renta petrolera y formando nuevas élites económicas vía populismo, oportunidades de negocios y corrupción. Todo esto ni es nuevo, ni es revolución, ni es socialismo.

Chávez no tiene un partido revolucionario sino una estructura política fragmentada, compuesta por una mezcla ideológica diversa. A su derecha están los militares, a su izquierda unos intelectuales y hacia abajo una base multicolor. Convertir todo esto en un partido implica enfrentarse con muchos dirigentes acostumbrados a disentir. El chavismo ha hecho algo positivo al dar poder e identidad a miles de venezolanos que estaban excluidos, pero su estructura política no está cohesionada ni por la ideología ni por la historia, sino por la renta petrolera. Chávez tampoco tiene un ejército revolucionario, al contrario, el Ejército le ha derrotado dos veces (1992 y 2002). La complicidad actual del Ejército depende de compras de armamento que no son preparación combativa sino corrupción lucrativa, y son precisamente esos privilegios los que cierran el camino a las ideas revolucionarias. El Ejército de Venezuela ni matará ni morirá por Chávez.

Fidel Castro sobrevivió a incontables atentados, Ortega dirigió una insurrección triunfante y Evo Morales saltó de las barricadas a la presidencia. Chávez, por el contrario, vende petróleo a los americanos, en dos ocasiones se ha rendido sin combatir y duerme con un ejército enemigo. Esto lo empuja a realizar provocaciones que le permitan obtener una credencial revolucionaria, por lo menos con un insulto de Bush. Los ataques lo fortalecen y la tolerancia lo debilita. Urge de enemigos externos que le ayuden a ocultar la corrupción de sus funcionarios, la incompetencia de su Gobierno, la división en sus filas y la inseguridad en las calles de su país. Con el cierre de Radio Caracas Televisión, Chávez revierte en su contra el proceso de acumulación de fuerzas y revitaliza a una oposición que estaba desmoralizada. Quizá Chávez pueda hacer más cambios en Venezuela, pero nunca podrá eliminar las elecciones, y en éstas no existen ni mayorías inamovibles, ni alianzas eternas, ni fraudes insuperables. El dinero del petróleo puede servirle a Chávez para hacer muchas cosas, pero jamás para comprarse una revolución.